lunes, 6 de enero de 2014

UNA HISTORIA DE NAVIDAD Y BUITRES


   Fue hace cosa de un mes cuando nos citaron en el comedor social del “Barrio de los Curritos”, conocido de ese modo por haber sido construido para trabajadores de los polígonos industriales adyacentes a mediados del siglo pasado. El comedor estaba gestionado por vecinos jubilados y voluntarios que trataban de mitigar el hambre creciente, con más voluntad que recursos. Pero no fueron ellos quienes nos citaron allí, fue el gabinete del alcalde, su jefe de prensa,  quién nos llamó, comunicándonos la visita solidaria del alcalde, interesado en calmar las aguas de una sociedad que, a veces, estallaba en su desesperación y sufrimiento, provocando altercados tan dispersos como preocupantes. La economía estaba hundida, gran parte de los habitantes del barrio se eternizaban en el paro y el hambre y los desahucios eran hechos cotidianos en muchísimas familias. Los polígonos, antaño industriales, se habían convertido en sombras de ceniza, amasijos de hierro que se oxidaban en la noche, como esqueletos semiderruidos de fantasmas del pasado. Sin embargo, la intención del alcalde, -nos dijo su asesor-, era transmitir esperanza e ilusión en el futuro.

   La llegada del alcalde fue como todos esperábamos. De tres Audis oficiales se apearon el alcalde, el teniente alcalde, sus escoltas y un par de señores, corbata en ristre, con pinta de ejecutivos y que parecían obsesionados con el estudio de la fachada de aquel edificio VPO. Uno de ellos portaba una ipod bajo su brazo. María, la jubilada que gestiona el comedor los recibió con amabilidad. Cedió el paso al excelentísimo alcalde y comitiva y personal de prensa entramos tras él. El alcalde se dirigió inmediatamente a una de las mesas, mientras uno de los ejecutivos medía las paredes del local con la mirada y el otro anotaba números en el ipod, como si éste fuera una calculadora. En la mesa, una mujer con la mirada perdida mojaba pan en la sopa y un señor de unos cincuenta años, con barba enmarañada y melena gris, soltaba los cubiertos sobre la mesa ante la llegada del alcalde. “¿Os tratan bien aquí?” les preguntó éste. “Antes no había buitres, pero pronto vendrán muchos para sacarnos los ojos y dejarnos ciegos”, respondió la mujer. El edil se quedó perplejo, sin saber cómo reaccionar. “A perdido la cabeza, señor alcalde, ya ni los locos tienen manicomios que los acojan. Y sí, aquí nos tratan muy bien. Son muy buenas personas. Como nosotros”, contestó el barbudo. El alcalde le miró agradecido, le sonrió y le preguntó afable: “Y dígame, ¿cómo le va a usted?”. “Jodido, señor alcalde, después de haber conseguido salir de las drogas hace doce años y reordenar mi vida y la de mi familia, ahora, la crisis y el paro, me han enviado a un infierno aún peor. Pero, para qué le voy a aburrir con mi vida, señor alcalde,  si lo único que lograré será que se me enfríe la sopa”. El alcalde tragó saliva y deó caer su mano sobre el hombro de aquel hombre. “No te aflijas. Las cosas mejorarán. Ten fe. Estamos haciendo todo lo posible”, le dijo y se apartó de él. Luego, desde en centro del local, nos comunicó las buenas noticias: Los inversores internacionales volvían a interesarse por nuestro país, lo cual, traería afluencia de capital y, por consiguiente, la apertura de los créditos bancarios y el relanzamiento del mercado laboral. En concreto, en aquel barrio, estaban interesados en transformar los polígonos en el mayor emplazamiento de ocio y juego de toda Europa, generándose decenas de miles de puestos de trabajo, no sólo en su construcción, sino en los servicios posteriores. “Todos tendremos que resistir un poco más, pero ya podemos ver la luz  al final del túnel”, fue la frase final de su discurso. Y se marchó hacia el Audi de nuevo, limpiándose, con un pañuelo, la mano que posó sobre el hombro del melenudo.

   Ya hace un mes de aquello y hoy, 24 de diciembre, dos noticias, aparentemente inconexas, se enlazan en mi mente con el recuerdo de aquel día. Los fondos buitres de los inversores internacionales han llegado por fin al ayuntamiento y la alegría se desborda en la luminosidad de la ciudad, en los focos de los comercios exclusivos, en el corazón encendido del centro de la urbe, en los deslumbrantes espejos de los deseos insatisfechos. Todo ha de tener un puño de ilusión reconcentrada. Todo ha de tener la estética de la esperanza. Y el árbol de Navidad se alza, reluciente, hasta el mismo cielo.

  La otra noticia afecta a la periferia, al “Barrio de los Curritos”. La Policía municipal ha clausurado el comedor social, aduciendo problemas de salubridad. La merluza con patatas se quedará hoy sin servir. Y los vecinos del edificio en el que se encuentra el comedor han recibido una oferta de compra obligada de la vivienda que habitan, si no quieren verse desalojados por los nuevos propietarios: un holding empresarial e internacional tan opaco y oscuro como las negras e impenetrables alas de los buitres.


Del libro "Historias de la puta crisis"

   

miércoles, 1 de enero de 2014

UNA HISTORIA DE SUPERVIVENCIA



   El hambre es una muerte que se hace la olvidada. Decide no existir ya que nadie habla de ella. Sólo quienes la padecen conocen el fuego negro de sus alas, los mares de sal que vierten sus heridas, las arañas fieras que corroen las entrañas de la humanidad más desamparada.

   Él también era una ser desamparado. Saltaba a la vista. Sus zapatos raídos, los vaqueros desgastados por el uso forzado, el pozo sin vida de su mirada esquiva. Era un día tórrido de finales agosto, en el que el aroma nauseabundo de las basuras acumuladas en la calle, por el efecto de la huelga, se colaba sin piedad por las ventanas. Se sentó en mi mesa del periódico, frente a mí y me dijo: “Dirán que la maté. Ellos viven en la abundancia y jamás llegarán a comprender cuánto puede llegar a soportar un desesperado. Créame, no existe realidad más infernal que el juego de la supervivencia”. Le dije que se tranquilizara, viendo el estado de nerviosismo en el que se encontraba. Sus manos temblaban, como dos pesadas libélulas que intentaban posarse sobre la mesa. Le pregunté cuál era su nombre. “Manuel. Manuel García -me contestó, y he venido a confesarlo todo antes de entregarme a la policía”. La curiosidad inherente a mi oficio me obligaba a indagar más y comencé a interrogarle: “A la policía. ¿Por qué? ¿Qué delito ha cometido?” “Ninguno, pensé en cometer alguno muchas veces, no lo niego, pero siempre me vencía el miedo a ser detenido y la posibilidad de verme forzado a abandonar a mi familia. Aquí el único delito es el del silencio, ese que nos mantiene encerrados, a mi familia y a mí, en el olvido y en la más atroz de las miserias: La desidia silenciosa de los otros, la soledad brutal en el más absoluto desamparo”, me contestó. Pero entonces, ¿por qué dirán que usted mato a quién?, le pregunté directamente. “Antes necesito que usted sí comprenda y sólo entenderá si me acompaña a casa”, me dijo. “Bien, espere que busque a un fotógrafo y ambos le acompañaremos”, le dije, pensando más en mi seguridad que en los hechos misteriosos de un artículo.

   Antes de subir al coche, Manuel nos pidió que le acompañásemos a un cajero automático. Sacó una tarjeta de su desvencijado pantalón y comenzó a teclear sobre la pantalla. En unos segundos la máquina le entregó 440 euros e, inmediatamente, el recibo con el saldo restante en la cuenta: 2,15 euros. Nos mostró el recibo y antes de guardarse el dinero nos dijo: “La pensión de mi madre. Esto es todo lo que le quedará a mi familia”. Dos lágrimas de hondo dolor descendieron por su rostro.

   Vivía en la calle amargura, en el segundo piso de un edificio sin ascensor, ni balcones. Era un barrio construido a mediados del siglo pasado, pensado para albergar a los trabajadores inmigrantes de otras regiones españolas, que venían a la capital huyendo de sus tierras áridas y con la esperanza de lograr un futuro mejor. Gente trabajadora que, a base de su propio esfuerzo, sacaron adelante a sus hijos para que éstos, después, acabasen abandonando a sus padres por sueños de estúpidos resorts hipotecados. Los ancianos que morían deshabitaban casas que eran alquiladas a otros inmigrantes, esos que cruzan el charco, inmenso para los que llegan en avión y no tanto para quienes lo cruzan en patera. En el trayecto automovilístico, Manuel, nos contó que él también se largó del barrio, pero que tras los cinco años de paro que sufría y el desahucio de su vivienda, se vio obligado a volver a la casa de su madre, ya viuda. Era ingeniero industrial hasta que quebró la empresa y ya nadie volvió a contratarle. Su mujer trabajaba en la misma empresa que él, allí fue donde se conocieron hacía 12 años, y sufrió la misma y nefasta suerte. A ambos se les acabaron las ayudas gubernamentales y si no llegaron a alimentarse de los cubos de basura fue gracias a su madre, que los acogió en casa, al matrimonio y a sus dos hijos.


   Lo primero que se sobresaltó al abrir Manuel la puerta fue nuestra pituitaria, el nefando olor de aquella casa era insoportable. Era un olor diferente al de la basura esparcida por las aceras, era más dulzón y pegajoso. Se adhería a nuestra piel como una babosa atenazada de terror. La casa apenas tenía muebles. En las paredes sobresalían cercos cuadriculados, como los que deja la ausencia repentina de algún cuadro. En la cocina, algunos platos sucios del desayuno matinal y el vapor de un cocido a medio hacer. En el comedor, una pequeña televisión analógica sobre un mueble cochambroso, una mesa, cuatro sillas y un sofá de dos plazas en los que se arremolinaban la esposa de Manuel y el hijo mayor de nueve años. Ambos se abrazaban como si esperasen, atemorizados, el final irreversible del mundo. Ninguno de los dos se levantó ante nuestra presencia. Permanecieron en silencio, aferrados el uno al otro, mientras Manuel nos mostraba el resto de la casa. Las dos habitaciones eran sobrias, sin apenas decoración, y en ambas las camas estaban deshechas. En la de matrimonio nos llamó la atención las bolsas de basuras negras que, por su blandura y liviano peso, parecían contener prendas de ropa y el candado que cerraba el armario. Manuel intuyó nuestra curiosidad y abrió el candado, mostrándonos la despensa familiar. “A los niños les cuesta entender la necesidad de racionar los alimentos”, nos dijo azorado. En la habitación de los niños no habitaban juguetes. Desde nuestra entrada a aquella casa nos acompañó el canto melifluo de una niña, pero ésta no aparecía por ninguna parte. Hasta que Manuel nos condujo por el oscuro pasillo hacia una puerta, la del baño, la única estancia que nos quedaba por visitar. En ella estaba la pequeña Laura, sentada sobre el suelo, una preciosa niña pelirroja de seis años. Entre sus manos tenía la fría maño de su abuela y le cantaba una nana, muy bajito, ya que no la quería despertar. La abuela dormía eternamente en la bañera, encharcada por el agua del deshielo. Su cuerpo era de color morado, estaba hinchado por la descomposición y, en su interior, era devorada por gusanos. “Sucedió hace algo más de un mes e imaginamos que fue un ataque al corazón. ¡Qué podíamos hacer! Sin su pensión no podemos sobrevivir. Es mi madre y la quiero, pero decidí callarme por la supervivencia de mis hijos”, nos confesó Manuel. Luego entregó la pensión de la abuela a su mujer, la besó con desesperación, ignorando cuándo lo podría hacer de nuevo, y nos miró, diciendo: “Y ahora, si lo desean, pueden acompañarme hasta la comisaría más cercana”.  



Del libro "Historias de la puta crisis"

viernes, 27 de diciembre de 2013

UNA HISTORIA DE TURISMO Y CAZA


   Tengo miedo. Me tiembla el fusil en las manos. No sé qué me espera en mitad de esta oscuridad. Tan sólo Hassam me acompaña, y el resplandor de los rayos de la luna llena sobre las cuchillas de la verja. Todo lo demás está en negro, como la boca de una enorme hiena. Pero espero. Tengo que saber al fin a qué he venido. Y pronto lo sabré, en cuanto suenen los silbidos. Será entonces cuando debo comenzar a disparar, me ha dicho Hassam.

   ¿Cómo llegué aquí? No es una historia sencilla. El recorrido estuvo lleno de sorpresas y opacos vericuetos. Tuve suerte, o acaso la intuición necesaria para adivinar mis acertados pasos. Todo comenzó un año atrás, en Abril de 2019. Fue entonces cuando el director de mi periódico me encargó un artículo sobre los mejores destinos turísticos de nuestro destrozado país. Todo iba mal, la industria se había desmoronado, nuestros mejores investigadores se marcharon a tierras más ventajosas, las empresas agonizaban sin créditos bancarios, el déficit seguía siendo incontrolable y el paro se acercaba peligrosamente a los siete millones. El único sector que mejoró fue el turismo, que crecía al mismo ritmo que se hundía la economía familiar de los españoles. Los destinos de mayor afluencia turística seguían siendo los mismos desde décadas, pero a mí, tras un estudio concienzudo de los datos, lo que más me llamó la atención fue que Melilla se había convertido, desde hacía un año, en el destino más rentable. En los últimos meses la afluencia de turistas de gran poder adquisitivo había crecido en esa ciudad de manera exponencial. ¿Por qué? ¿Qué había en esa ciudad para que fuese tan atrayente para el capital?

   Al cabo de un mes indagando por las altas esferas ministeriales pude informarme de que detrás de la promoción turística de esa ciudad estaba el lobby de los cazadores. Lo cuál me sorprendió, ya que la provincia de Melilla carece totalmente del tipo de fauna que éstos suelen codiciar. Por otro lado, parecía imposible contactar con ellos para una entrevista, sólo me confesaron que no se trataba de un destino de caza, sino más bien de un destino paradisíaco para el descanso de los guerreros. ¡Curioso que usaran esa palabra en vez de la de cazador! Y lo de paradisíaco, no sé, vale que el recinto amurallado y las edificaciones modernistas de la ciudad tengan su interés, pero yo, como todos, imagino a esos poderosos señores en otros paraísos, como Las Seychelles o Hawai. No me lo pensé, me saqué un billete de avión y viajé a Melilla con la intención de descubrir el enigma. Me convertí, de repente, en un joven empresario de éxito con innumerables negocios en China. Fue el director de mi periódico quién me lo sugirió y la empresa correría con los gastos, siempre que no fueran excesivos.

   El casco antiguo de la ciudad parecía un fuerte anticomanche, con su recinto amurallado y la atalaya luminosa de su faro. Me alojé en el hotel Rusadir, uno de los mejores de la ciudad y en el que mi intuición me decía que tendría algún encuentro fructífero. No me equivoqué. Estaba lleno de turistas de muchos países que viajaban en grupos concertados por el lobby de los cazadores. Durante días observé sus llegadas y partidas, pero jamás vi en sus manos equipaje en el que pudieran trasladar algún tipo de armamento para la caza. Todo parecía transcurrir en la normalidad, a excepción de las innumerables visitas de un capitán de los regulares que se reunía con los turistas en un reservado del salón. Las consignas que allí se daban eran imposibles de conocer y por más que me interesé por ellas, preguntando a consignados y personal del hotel, siempre hallaba un sombrío silencio por respuesta. Descorazonado por la nulidad de mis gestiones decidí acometer un encuentro con aquel capitán del ejército español. Y lo seguí un día al salir del hotel. Entró en una cafetería cercana a la Mezquita Central, y yo entré tras él. Habló durante unos minutos con un hombre de fisonomía árabe. Parecían confiar el uno en el otro y, antes de marcharse el moro, el capitán le entregó un sobre. Quizá la clave de todo esté en el árabe, pensé, y decidí seguirle. Él es el que me ha traído hasta aquí, el aduanero Hassam. Él es quien me acompaña, sentados ambos sobre el mismo tronco derribado, en mitad de esta oscuridad impenetrable. Ambos estamos nerviosos, a la espera del sonido que dará la orden de disparar.

   Le seguí hasta la frontera y, gracias a que llevaba el pasaporte encima, pude cruzar más allá de la linde. Así fue cómo conseguí saber que Hassan era un policía aduanero del otro lado, del marroquí. Nuestro primer encuentro fue en una tetería de Beni-Ensar. Le dije que era un empresario que quería invertir en Marruecos y, poco a poco, me gané su confianza a través de numerosas invitaciones y agasajos. Y cuando consideré que el terreno estaba lo suficientemente abonado le hablé de mi hobby favorito, el inmenso placer de la caza, sobre todo la mayor. “Yo puedo introducirte en la caza más asombrosa que hayas vivido”, me contestó. “¿Y las piezas son grandes?”, le pregunté. “Lo suficiente, pero lo mejor de todo es el gran número de ejemplares. ¿Te gustaría participar en una batida? Por seis mil euros podría introducirte en la siguiente”, me dijo en perfecto castellano. Por supuesto que acepté su oferta, era lo que había venido a buscar aquí desde hacía casi un mes y no me iba a volver con las manos y mi libreta vacía. Le entregué el dinero y sólo le pregunté una cosa más, si la zona de caza estaba muy alejada de Melilla. “No. Está muy cerca de la verja. Sólo que está en nuestro lado”, me contestó, con una sonrisa de oreja a oreja.

SSSShhhiiiiiiiiiiiissssss…….SSSShhhiiiiiiiiiiiissssss.......SSSShhhiiiiiiiiiiiissssss...


   Esos deben ser los silbidos. Hassam presiona con su mano sobre mi hombro, avisándome de que ha llegado el momento. El suelo comienza a temblar bajo nuestros pies. Acaso sea el inicio de un terremoto. Pero no. De repente comienza a salir del bosque una inmensa jauría, tan negra como la boca de hiena que los contiene. Son miles y corren todos hacia la verja, se encaraman a ella, tratando de superarla. Puedo oler la sangre desde aquí, sentir el hielo de las cuchillas cortando la carne. Son seres humanos que comienzan a caer bajo la luz de los disparos. Nadie hace nada por evitarlo. Tampoco Hassam que me grita sin parar: “Dispara, dispara”. Pero yo apenas le puedo oír, desde que escuché el sonido de los silbidos estoy petrificado, observando el horror de un infierno imposible de concebir. 




Del libro "Historias de la puta crisis"

jueves, 26 de diciembre de 2013

QUIÉN

   Ayer fue un día feliz de reencuentro. Mi amigo, y excepcional poeta, Miguel Mejía volvió desde Gandsk (Polonia), tras un año de ausencia. Superados ya sus problemas de salud, volvió con su nuevo libro entre las manos, el poemario con el que ganó el XIV premio de poesía Paul Beckett, publicado por la Fundación Valparaiso de Almeria La dedicatoria de su puño y letra quedará entre nosotros, pero os entregaré, con su permiso, un poema, un dilema eterno que en sus versos deja claro la altura de su oficio.


QUIÉN

y yo, que soy los otros
que duermo cada noche y paso en vela
todas las madrugadas
yo que al caer la tarde
vuelvo al hogar feliz y cabizbajo
y no regreso nunca y en vano alguien me espera
yo que desde el descanso victorioso 
miro sin una lágrima
mi cuerpo destrozado en la derrota

y yo, que soy todos los otros
que soy quien se ha marchado de la cama y quien extraña
a quien se va en silencio
quien lanza algún suspiro ante los restos del naufragio
y aquel que es sólo mar
quien impaciente llora el rostro enfermo tan querido
y no puede observar cómo lo lloran
yo que beso y traiciono
que escapo y me persigo y busco algunas
respuestas pero insisto en mi ignorancia
que muero entre mis manos homicidas
y estoy frente al espejo sintiéndome observado
yo que tanto poseo y no tengo 
otra riqueza más que estas manos vacías tan inútiles

y yo, que he sido tantos tantos otros
al fin de cada día me retiro y miro atrás
temiendo no ser nadie


Del poemario "Hacia dónde" de Miguel Mejía
Ganador del XIV premio internacional Paul Beckett de poesía. 



viernes, 20 de diciembre de 2013

UNA HISTORIA DE REYES MAGOS


   “Este año la campaña de recogida de juguetes ha sido un éxito -me dijo satisfecho el concejal de festejos del ayuntamiento. A pesar de las grandes carencias que sufren nuestros ciudadanos por la crisis han sabido ser solidarios y no habrá un solo niño en la ciudad que no sonría ante la felicidad de los juguetes”, fue la frase con la que puso punto final a la entrevista. Luego se despidió amablemente, no sin recordarme antes que “Juguetes para todos” habría de ser mi titular en el periódico. 

   Al salir del despacho municipal me crucé con un hombre extraño, venía envuelto en una túnica y calzaba unas babuchas. Bajo un trapo enmarañado a modo de turbante sombreaba su rostro una barba de acaso un mes. No pude disimular mi sorpresa y me quedé absorto al contemplarlo, con la mano sobre el pomo de la puerta. Él me miró y me preguntó: “¿Ya puedo entrar?”, y sin que me diera tiempo a contestar cruzó el umbral, confiado en que yo cerrase tras su entrada. No lo hice del todo. Amague hacerlo, pero puse el pie para que quedase una pequeña apertura por la que pude ver y oír el inicio de la conversación.

   ¡Qué tal, Javier! ¿Qué te trae hoy por aquí?, le preguntó el concejal con paciente autocontrol. “Pues mire, señor concejal, que estaba yo pensando en mi casa sobre el problema de los hijos. 8 años tiene uno y el otro 7, ¿sabe usted? Que uno ya no sabe qué hacer para que no dejen de quererme, porque, como se imaginará, si un padre nada puede dar a sus hijos, ni una alimentación adecuada, ni un cálido hogar en este terrible invierno, ni siquiera ilusiones en un futuro sombrío, te acaban despreciando. Yo ya me he resignado a mi designio, señor concejal, ya sé que a mis casi 50 años no valgo para nada y que a mis 6 años de paro tendré que sumarles muchos más. Ya no soy productivo y tan sólo puedo aspirar a la caridad. Así están las cosas en esta puñetera crisis y nada puedo hacer para cambiarlas. Sé que todos lo estamos pasando mal, también ustedes. ¡Qué puede hacer un ayuntamiento sin un duro! ¡Cómo van a ocuparse de nosotros con todas las carreteras que hay por arreglar y todos los festejos que nos quedan por celebrar! No, esta vez no vengo a pedirle que mejoren de alguna forma mi economía familiar. Al final he comprendido que, cuando se reparte el pastel, nada queda para nosotros, los olvidados. Ésta vez vengo a pedirle algo diferente, le solicito encarecidamente un hecho sentimental. Verá usted, mis hijos están ya en la edad en la que empiezan a dejar de creer en los Reyes Magos y si yo fuese este año el Rey Mago que les entregase los juguetes del ayuntamiento, quizás, volvieran a creer en mí, volvieran a admirar a su padre, en vez de despreciarme. Ve, incluso me he confeccionado el traje de Gaspar con cuatro trapos. Y la barba, de aquí a los 15 días que faltan, seguro que alcanza su justa consistencia. ¿Qué me dice? ¿Cree usted que sería posible lo que le pido?”, dijo aquel hombre y rompió a llorar.

   El silencio se hizo sólido en aquella estancia. El concejal no sabía hacia donde mirar, dubitativo e inquieto durante un instante fugaz y, tras un minuto de hondo escozor por el zarpazo, supo rehacerse y reaccionar. Recolocó su sonrisa y se levantó de la silla, dirigiéndose a aquel hombre con las manos abiertas, como si fuese a abrazarle. Pero no, le puso ambas manos en los hombros y le habló en tono paternal. “Javier, lo tienes que entender, la personificación de los Reyes Magos está destinada desde hace tiempo a tres personas relevantes del municipio y uno de ellos, el que hará de Gaspar, es el delantero centro de nuestro equipo. Lo que me pides es imposible por dos razones evidentes. Como sabes el ayuntamiento carece de fondos y esas personas relevantes nos hacen jugosas donaciones, además de costear los caramelos de la cabalgata. No podríamos prescindir de ciudadanos con grandes recursos como ellos en estos momentos de nula liquidez. Y, aún así, la otra razón es la más importante. Su prestigio, la gran admiración que les profesa el pueblo.Te imaginas a tus hijos recibiendo un balón de manos de nuestro mayor héroe, el gran goleador de nuestro equipo. No puedes negar tan grandiosa ilusión a tus hijos, seguro que sueñan cada noche con algo así. Eso sí que no te lo perdonarían jamás”.

   No quise seguir escuchando, sentí asco y repulsión. Necesitaba tomar aire, apartarme de aquel edificio. Cerré la puerta del todo y me encaminé hacia la salida. En el trayecto volví a abrir mi cuaderno de notas para confirmar la personalidad de los otros dos Reyes Magos. Uno era el presidente de la Diputación Provincial y, el otro, el presidente de la federación de empresarios de la ciudad.



Del libro "Historias de la puta crisis"



jueves, 19 de diciembre de 2013

UNA HISTORIA ANARQUISTA


 Habíamos quedado en la Carrera de San Jerónimo, frente a la embajada de México, pero cuando llegué allí la zona estaba acordonada por la policía.  Los encontré más atrás, a unos 400 metros del lugar acordado. Se diferenciaban claramente entre el gentío. Sus banderas negras y rojas volaban como cuervos ensangrentados sobre los millares de manifestantes y sus rostros, ocultos bajo pasamontañas negros, resaltaban entre tanta indignación a cara descubierta. Los infinitos recortes sociales habían llevado a la población al límite de la supervivencia y la resignación se había convertido en rabia ciega. La violencia aún no había aparecido, pero la fiebre hervía en la sangre de todos y todos esperaban la tormenta, su furor. Era la quinta vez que la ciudadanía intentaba rodear el Congreso de los Diputados y en todas las veces anteriores hubo conatos de violencia, mayores y más graves cada vez. Y en esta ocasión la ira podría ser incontenible.

   Baku, el líder del grupo, se acercó a mí. “Esta vez la vamos a liar, venimos más que preparados”, me dijo e indicó al grupo que nos siguiera. Parecían escarabajos peloteros, todos vestidos de negro y con el pesado bulto de sus mochilas sobre las espaldas. Bajamos por Santa Catalina, hacía la calle del  Prado. Al pasar frente al “Registro Territorial de la Propiedad Intelectual de Madrid” Baku me sonrió y me dijo: “En este país eso de la propiedad se va a acabar, ya no encargaremos nosotros. Aquí nada pertenecerá a nadie porque todo será de todos”, y seguimos caminando a zancadas presurosas, como si alguien invisible nos persiguiese. Pensaba en que aquel muchacho debía de tener algunos problemas de comprensión lectora (había asociado a su manera las palabras “Territorial” y “Propiedad”, pero obvió por completo el concepto de la palabra “Intelectual”, también incluida en la placa de aquel edificio), cuando doblamos hacia la plaza de Las Cortes y, una vez allí, evitamos la marea creciente de vehículos policiales subiendo por Marqués de Cubas, hacia la calle Zorrilla, con la clara intención de abordar el edificio del Congreso por detrás. “Son demasiados, es una locura buscar la confrontación en estas circunstancias”, le dije. “No. No es una locura, es una obligación. El capitalismo nos está masacrando y la revolución es el único camino. El uso de las armas está justificado cuando es el Estado el que ordena, con sus políticas neoliberales, la ejecución en masa de los más desfavorecidos. No podemos seguir muriendo sin hacer nada. Los ciudadanos necesitan nuevos héroes de la revolución y nosotros estamos dispuestos a sacrificarnos por ellos”, expresó Baku, con rotunda convicción e imagino que emulando con los gestos de sus manos a su admirado Bakunin. ¿Habría también un Propot en el grupo?


   Fue a la altura del cruce con la calle Fenanflor donde tuvimos el encuentro frontal con el cordón policial, “los perros esclavos de su amo”, como los llamaba Baku. Yo me quedé rezagado, observando desde cierta distancia el proceder de ambos bandos. Cuestión de seguridad, el periódico me paga para observar y contar, no para jugarme la vida. Los insultos a las fuerzas de seguridad del Estado comenzaron pronto, enervando la actitud beligerante de estos. Intentaron aislar e identificar al grupo anarquista, pero estos opusieron resistencia y retrasaron su posición. Luego, rodilla en tierra, comenzaron a sacar adoquines de sus mochilas y a lanzarlos contra el furgón policial. Los antidisturbios subían a toda velocidad por la calle Fernanflor. En ese momento Baku me agarró del brazo y corrimos hacia la retaguardia, ocultándonos tras la esquina de Marqués de Cubas. A unos veinte metros de la esquina Baku se detuvo y me indicó que me alejase de él. Aquel muchacho anarquista abrió su mochila y sacó de ella una botella. Era un cóctel molotov. Sacó un mechero de su bolsillo y esperó a que algún antidisturbios apareciese ante él. Nadie pudo imaginar que una mujer desahuciada, que andaba buscando manjares entre tan distinguidos contenedores de basura, apareciese por allí y, aún menos, que Baku, cegado por la adrenalina de la batalla, la pudiera confundir con un fornido policía. Pero lo cierto es que, llegado el momento, todo el sonido de aquella estridente guerra desapareció y solo pude oír, como el eco más terrible del infierno, los gritos de esa anciana en llamas. Fue Baku el que me zarandeó hasta conseguir despertarme de aquel horror y, agarrando mi brazo, me arrastró calle abajo, hasta que logramos mimetizarnos con los ciudadanos que hacían cola en el Museo del Prado. Allí descansamos, recuperamos el aliento perdido y, por primera vez, pude ver sus ojos verdes, sin las gafas negras que los ocultaban, ni el pasamontañas que cubría su rostro. “Has matado a una anciana”, le dije. “No creo que haya muerto, solo se ha chamuscado un poco. Seguro que los perros se habrán ocupado de ella”, me contestó. “Pero era una mujer inocente”, expuse con estupor. “En toda revolución caen víctimas inocentes. Es un daño colateral inevitable. Ellos son los mártires de nuestra necesaria causa”, me dijo, sin mostrar un ápice de remordimiento. “¿Y su familia?”, le pregunté, visiblemente azorado. “Nos ocuparemos de ellos cuando logremos la victoria. Todos los familiares de los mártires serán héroes admirados en nuestra nueva sociedad”, dijo Baku complaciente. “¿Y ahora, qué pensáis hacer?”, le pregunté, esperando por respuesta cualquier locura. “Ahora vamos a fabricar bombas que pondremos en iglesias y colegios de curas. Es la mejor forma de presionar para que liberen a nuestros detenidos. Todo sea por la verdadera libertad”, me contestó, mirando el vuelo de los pájaros en el azul infinito del cielo.



Del libro: "Historias de la puta crisis"

lunes, 16 de diciembre de 2013

UNA HISTORIA FASCISTA


   “Debes entenderlo –me dijo Carlos, y yo le presté atención, no podemos actuar como nos gustaría. Si los masacramos a palos o les pegamos un tiro en la calle nos pueden acusar y el resultado sería nefasto para nuestro glorioso movimiento. El pueblo necesita ser evangelizado de forma sutil. Ese es nuestro cometido, pero sin que sea necesaria la confrontación, porque la izquierda demagógica siempre está al acecho y usará cualquier escusa para enervar los falsos sentimentalismos. No. Nosotros seremos más inteligentes y actuaremos con discreción absoluta y la mayor de las eficacias”

  Ya habían pasado tres años desde que me rapé al cero y me tatué la cruz gamada en el pecho. Era necesario mimetizarse si quería infiltrarme con éxito. Lo conseguí, sin que nadie lograse averiguar mi inquietud periodística. Por entonces el director del periódico era otro y me sugirió la idea. Yo filtraría lo descubierto y él lo redactaría con un pseudónimo acordado por los dos. La cosa fue bien durante un año y algunos de mis compañeros de armas actuales cayeron por las pruebas que logré aportar a la justicia. Tras ese año cambiaron al director del periódico y ya las pruebas aportadas nunca eran suficientes y todo aquello de lo que informaba se publicaba tergiversado, como si todo lo que hiciera el grupo no fueran más que la gamberrada de un tipo sin control y que nada tenía que ver con banda alguna. Tuve ganas de dejarlo todo, sin embargo, el nuevo director insistió: “Tu trabajo sigue siendo necesario. Tengo presiones, lo has de entender, hay cosas que no se pueden publicar sin pruebas fehacientes. Y esa es tu labor, encontrar esas pruebas”. Si, pero hallara lo que hallara nunca era suficiente.

   “Lo primero es identificar a los extranjeros, sobre todo negros, moros y sudacas, como los culpables de esta crisis. Ellos nos quitan el trabajo, se curan en nuestros hospitales pagados con nuestros impuestos y están pidiendo continuamente subvenciones a los gobiernos de izquierdas para mandarles el dinero a sus familias en el exterior. Y a los españoles que están pasando hambre que los zurzan. Esto no puede seguir así, tenemos que meterles el miedo en el cuerpo y que se larguen a sus putos países de mierda. Lo de los españoles para los españoles –me decía Carlos, el más fanático de todos. Por eso es más importante nuestra labor social que ejercer la violencia de forma pública contra las cucarachas foráneas. No debes sentirte mal por tener que ocuparte de alimentar a los españoles que nos llegan solicitando ayuda, en vez de descargar tu adrenalina cazando indeseables en la noche” Yo disimulaba ante él mi desazón. Lo cierto es que quería indagar más sobre las actividades del grupo y desde la cocina de la asociación toda pregunta era infructuosa y, además, podría resultar sospechosa. Tendría que aguantar más tiempo así, dedicándome a repartir aquellos polvos blancos que Carlos me traía entre la cuarta parte de los alimentos que lográbamos recaudar diariamente, clasificarlos y empaquetarlos de forma diferenciada a los demás y, cuando los repartía entre los cientos de míseros españoles que venían a buscar alimentos, dejarles claro que los marcados con la cruz roja no eran aptos para comer, que estaban en mal estado y les solicitábamos que los tiraran a la basura. “A los contenedores de basura de vuestros barrios, no en los cercanos a la asociación”, era mi rotunda orden final.

   Lo cierto es que aquello siempre me resultó extraño. ¿Por qué manipular alimentos sanos para acabar tirándolos a la basura? No tenía sentido. Pero los ciudadanos, orgullosos de su alianza nacional con nuestra causa, cumplían la orden sin dilación. Y yo seguía ordenando lo mismo cada día, temeroso de que me pudieran investigar. Las llamadas telefónicas del director de mi periódico se volvieron más infrecuentes, aunque seguía recibiendo el pago de la nómina en la cuenta de Miguel Machado, mi verdadero nombre. Pedro, el personaje que interpreto en la actualidad, sobrevive como puede de lo que el movimiento le da, entre el miedo terrible a ser descubierto y la soledad del espejo vacío en el que ya me miro.

   “Pero yo necesito acción, Carlos, partirle la cara a algún negro cabrón” le dije, tratando de mostrar la actitud de un matón. El sonrió y abrió el ordenador portátil. Abrió una carpeta que contenía un video y le dio al play. En la pantalla aparecí yo, repartiendo el polvo blanco en los alimentos. “Esto que haces cada día lo grabamos y guardamos en nuestros archivos como la prueba de nuestra más gloriosa acción, el genocidio de los superfluos. ¿Por qué piensas que te insistía tanto en que te pusieras guantes al manipular esos polvos? ¿Acaso aún no has adivinado de qué se trata?”, me preguntó Carlos socarronamente. “Para nosotros eres un héroe, chaval”, exclamó, a la vez que me acercaba un ejemplar de mi periódico en que resaltaba un titular: en dos barrios periféricos de la ciudad habían sido halladas dos familias muertas por intoxicación alimentaria. Una era de origen magrebí y la otra senegalesa y, en ambas, el forense había hallado restos de cianuro.


Del libro "Historias de la puta crisis"