jueves, 12 de diciembre de 2013

UNA HISTORIA MUNICIPAL



   Llegué al barrio de La Orden cinco minutos antes de la hora concertada. Había quedado allí, en el parque Moret, con el concejal de Salud y Medio ambiente. En el consistorio estaban de celebración. Hacía poco más de una semana que nos anunciaron en rueda de prensa el éxito de la operación contra la indigencia en la zona céntrica de la ciudad. Las campañas turísticas en el exterior habían dado fruto y la afluencia de guiris multilingües era cada vez mayor. En nuestro periódico local hablábamos mucho de ello, pero la mendicidad constante de algunos individuos en las terrazas del corazón de la ciudad daba muy mala imagen a la misma y era urgente y necesario hacer algo. Nadie desea ir allá donde le muestran la miseria. Y de la noche a la mañana lo solucionaron. Aún no sabíamos cómo, pero todos aplaudimos el resultado. Ya podemos pasear con mayor seguridad por la Gran Vía, sin espejos de miseria e inmundicia en los que observarnos. Y, ahora, el concejal quería hablarme de los gatos callejeros

   Lo primero que detecté al llegar al parque fue el aumento de agentes de seguridad. Pregunté acerca de ello. “Bueno, como sabrás en este parque teníamos un problema. Se ve que hay mucho Diógenes sin control en este barrio. Gente estrafalaria que no tienen relaciones humanas y vuelcan su absurdo amor en los felinos, a los que alimentan diariamente. Aquí vienen muchos niños a jugar y las madres se nos quejaron. La inmensa cantidad de gatos congregados alrededor de la comida gratuita provocaba un terrible temor en ellas, preocupadas por la salud de sus hijos. Y llevaban razón. La podredumbre de los cadáveres de ratas y la suciedad ya eran peligrosas. De modo que nos pusimos manos a la obra. Ahora los vigilantes se ocupan de localizar a los idiotas que nutren a los gatos y les sancionan con severidad, lo cual, por qué no decirlo, le viene muy bien a las arcas vacías del consistorio”, me contestó el concejal con una sonrisa de presentador televisivo. El parque estaba casi vacío, aún era temprano y la escarcha comenzaba a derretirse, por efecto del sol, sobre las hojas de los árboles. Hacía un día precioso, un cielo sin nubes y esplendoroso de pájaros. “Entonces, problema solucionado, ¿no?, si los gatos ya no encuentran alimentos habrán dejado de venir”, aduje con bastante ingenuidad. “No, no es tan sencillo. Esos bichos están acostumbrados al lugar, son territoriales y piensan que el parque les pertenece. Además, no encuentran alimentos elaborados, pero siguen cazando ratoncillos y algunas aves despistadas. Pero, en fin, lo estamos arreglando, aunque no es sencillo erradicarlos” argumentó el concejal.


   De repente, vi moverse un matorral y pude oír con nitidez los últimos lamentos de un gato. El concejal y los vigilantes ni se inmutaron y seguimos paseando por la vereda. Yo me giré hacia atrás y la pude ver saliendo de la maleza, con un gato muerto entre sus manos. Era ella, la chica negra que antes pedía en la Gran Vía de la ciudad, pero ahora parecía más viva, más en forma y mejor alimentada. Descalza, sobre los fríos adoquines, solicitaba limosna en silencio, mostrando las terribles cicatrices de su cuerpo. Nadie conocía las de su alma, pues jamás pronunció una frase. Pero ahora sus ojos no estaban plenos de tinieblas, ahora estaban vivos y nos miraba arisca, desconfiada de que le pudiéramos arrebatar su presa. El concejal la miró y le indicó con un gesto de su mano que se apartara de nuestra vista. La negrita bajó su mirada y se escabulló entre las ramas del bosque. “Esa chica es una de las sin techo que pululaban por el centro de la ciudad”, afirmé sorprendido. “Si. Y ahora está mucho mejor. Trabaja para el ayuntamiento. La dejamos dormir, junto a otros, en un almacén municipal, a cambio de que cacen los gatos del parque”, me confesó, sin pudor, el concejal. “Pero los matan”, le dije escandalizado. “Sí, y hasta pueden comérselos si quieren. Su carne tiene muchas proteínas y dicen que  es tan sabrosa como la de conejo, –me sonrió con estudiada complicidad. Teníamos dos problemas, los malnutridos pedigüeños y los gatos callejeros, y ya no tenemos ninguno y con lo que recaudamos en multas pagamos los gastos. ¡Magnífica gestión la de nuestro gobierno!, ¿no le parece?”, preguntó inquisitivo, mientras clavaba sus amenazantes ojos en los míos. “Si usted lo dice, así será”, tuve que contestarle y seguí caminando junto al grupo, sin prestar ya mucha atención a aquel discurso. El sol, sobre las copas de los pinos, lucía radiante y calentaba nuestros gélidos rostros.   


Del libro "Historias de la puta crisis"

martes, 10 de diciembre de 2013

SÍ NOS REPRESENTAN


   Lo llevó diciendo desde hace tiempo. Este país no está como está por la ineptitud, corrupción moral y económica y los delirios mesiánicos de nuestros dirigentes. Este país está en la ruina de todo tipo de valor, moral, económico, social, etc, por el gran excedente de retrasado mental que sostiene. Somos el inmenso corazón del esperpento, cuyas sístoles y diástoles no nos insuflan vida, muy al contrario: nos empozarán aún más en la miseria. El ganado borreguil, con sus votos, ha mantenido en sus cargos a muchos políticos imputados en juicios por corrupción. Imputados que ahora se valen de su aforamiento para chulearnos en la cara. Gansters como Fabra aún son vitoreados en sus pueblos, yonkis del servilismo. El nivel de populismo social está por las nubes y acaso ya no falte demasiado para cánticos mayores, los “Viva la patria” sobre ríos de sangre. La voz del Elegido y al que, a ciegas, sigue el rebaño. Los políticos ya sólo pueden serlo si salen en la televisión, dotados del aura del famoseo, y en cuanto se convierten en estrellas les otorgamos la impunidad. Nuestra libertad ha quedado reducida a la elección a través del mando televisivo, tú eliges, pero entre los programas basura que ellos te proponen.

   Lo de la televisión valenciana ya me escandalizó. Ver a todo un pueblo manipulado de esa forma, en plena calle, repitiendo al dictado lo que los trabajadores de Canal 9 le decían. Ese mismo pueblo que nunca mostró interés por el accidente de metro y su casi medio centenar de muertos. Ese mismo pueblo que se corría de gusto al oír el ruido insoportable de los Fórmula 1 por sus calles, a sabiendas de que los organizadores se llevaban el pastel. Esos currantes sin dignidad, ni vergüenza, vendidos durante tanto tiempo al mejor postor, que durante años han estado engañando al pueblo de forma consciente y que, ahora, cuando les cierran el kiosco y los ponen en la calle, se convierten en los grandes defensores de la libertad de expresión y de la lengua. Y ese pueblo que lo sabe, que todos, los unos y los otros, lo único que quieren es llevárselo calentito y a ellos que los jodan. Ese pueblo es el que sale a la calle para reivindicar el trabajo de los unos, periodistas mercenarios, y los otros, los gansters metidos en política. Ese pueblo, creedme, les volverían a votar en las próximas elecciones, aunque muchos fueran condenados por los tribunales de justicia.


   Pero el colmo fue lo de ayer. Ver a Del Nido, ya expresidente del Sevilla, anunciando su dimisión y pidiendo perdón por haber sido condenado mientras ostentaba el cargo de la entidad futbolística, y no por haber choriceado 4 millones de euros a los ciudadanos marbellíes, anunciando, con impresionante desfachatez, que él se sigue viendo inocente y que confía en no ir a la cárcel porque espera el indulto del gobierno, y mostrando su soberbia de poder cuando dice: “no estaré a vuestro lado, pero sentiréis mi aliento en el cogote”, así, chulo y prepotente, para terminar vitoreado por los fieles sevillistas, entre lágrimas y “Vivas” al Sevilla, fue asqueroso, vomitivo y absolutamente irracional. Este país es una puta vergüenza, el más terrible de los esperpentos, el gran corral de los descerebados, de los cobardes y los serviles. España tiene un terrible excedente de retraso mental. Y sí, los que nos gobiernan sí nos representan, porque son el fiel espejo de lo que, en realidad, somos. Un país de chiste patético.

domingo, 8 de diciembre de 2013

UNA HISTORIA DE ESCLAVITUD


   Su mirada era incapaz de sobrepasar la altura de nuestros tobillos, a pesar de su corpulencia. Parecía un Gran Danés asustado en mitad de tanto gentío. Hacía frío aquella mañana y el funcionario al que debía entrevistar aún estaría ocupado durante una hora, según me anuncio su secretaria. Mi artículo del día siguiente versairía sobre la cotidianidad en las oficinas del INEM. Y allí estaba, en esa mañana de tempanos en la punta de la nariz. Necesitaba sorber algo caliente, de modo que me acerqué a ese hombretón hundido y le pregunté si le apetecía un café. Me dijo que sí y salimos juntos de la oficina para dirigirnos a la cafetería más cercana. Me sacaba dos cuartas, su estatura rondaba los 2 metros. Santiago se llamaba aquel hombre de mediada edad (55 años aprox.) y pronto entablamos conversación, más por mi inevitable interés periodístico, que por su escasa locuacidad. Venía a firmar el paro, me dijo, y que era una vergüenza que tuviera que perder todo un día de trabajo para ello. Me quedé sorprendido y quise indagar más. “Pero si usted está trabajando, ¿qué hace aquí?”, le pregunté. Me miró, con ojos desesperados, y volvió a agachar la cabeza. “Mira hijo, cada uno hace lo que puede”, contestó. A partir de ahí, preferí preguntarle desde flancos más amables y me interesé por su familia. “A mi mujer la perdí –me dijo, no pudo aguantar más la situación y se fue con mi hija a vivir a casa de mi suegra. Fue cuando nos desahuciaron. Después de 25 años trabajando como un mulo en los astilleros me despidieron y cuando se acabó el paro, el banco no tuvo compasión. Yo me tuve que ir a vivir con mi hermano y mi nuera, la pobre, que ya está harta de mí.” Cogió la taza de café con ambas manos, como si no se fiase de la firmeza de su sujeción, y se la llevó a los labios, sin poder controlar los temblores. “¿Y cuánto tiempo lleva así?”, le pregunté, mientras posaba mi mano en su hombro desvencijado. “Viviendo con mi hermano tres años y viniendo aquí, a firmar cada mes, seis, sin que jamás me hayan ofrecido nada”, me dijo sin atreverse aún a volver a alzar la mirada. “Pero acaba de decir usted que ahora está trabajando, si no he entendido mal, y eso, en cierto modo, quiere decir que la situación mejora, ¿no?”, le afirme, en un tono bastante compasivo. “Si. Sin contrato ni nada, pero es verdad, algo es algo y eso significa que la situación mejora por fin y, si me esfuerzo de verdad y consigo ser un poco más duro, más amenazante, lograré revertir mi situación y hasta puede que todo vuelva a ser como antes”, comentó con un destello de optimismo en su rostro. En sus pupilas se instaló un frágil brillo de esperanza. “Y ¿en qué trabaja, si no es mucho preguntar?”. “Trabajo para el nuevo novio de mi hija. Es empresario, ¿sabe usted?, y aunque le va bien en sus chanchullos, tiene el mismo problema de todos los emprendedores: que la gente tiene la cara muy dura y no le quieren pagar. Para eso me reclutó en su empresa. Me dedico a patear todo el día la calle buscando a aquellos que le deben algo y les recuerdo constantemente su deuda, hasta que algunos, abrumados por la vergüenza deciden pagarme. De lo que consigo cobrar me llevo una comisión, pequeña, es verdad, pero si logro ser más duro, más cínico y huyo de sentimentalismos, iré aumentando mi sueldo cada mes. En este sólo he sacado unos trescientos euros, pero mejoraré, créame, porque estoy desesperado y nada mejor que la desesperación en la batalla”, me contestó, mientras su cuerpo derruido se erguía en la silla y su mirada, insuflada del orgullo suicida del vencido, se fijaba, finalmente, en mis pupilas. “¿Y no cree usted que lo que hace es extorsión y que actuar así es empujar a otros al infierno?”, le pregunté, procurando ya mantenerme distanciado. “Posiblemente lleves razón, hijo –me contestó, posando su mano gigantesca en mi hombro, pero si algo he aprendido en los años que yo llevo en él, es que nadie hará nada por ti, si tú nada haces por ti mismo”.



Del libro "Historias de la puta crisis"

jueves, 5 de diciembre de 2013

UNA HISTORIA DE AMOR


   Alfredo se enamoró de su mujer a los doce años. Era la hija de la vecina de la calle de enfrente y la veía cada día asomarse tras la reja de su ventana para observar la caótica carrera de los grises y los manifestantes. Eran tiempos de lucha libertaria, pero a ellos sólo les preocupaba el descubrimiento del amor. Cuatro años después, ya en el instituto mixto de secundaria, se dieron su primer beso mientras Janis Joplin cantaba Summertiems en la radio. Ella era una fogosa gacela y a los veinte años se hinchó su vientre tanto que no pudieron ocultar la llegada de un hijo en plena adolescencia. El padre de él se las ingenió, tenía contactos. Alfredo dejó los estudios y comenzó a trabajar en una empresa de mantenimientos. Fueron felices, precarios pero felices y a ambos les bastaba con su amor. Se amaban con frescor de primavera, sin miedo, con todo el ímpetu de la irrefrenable vida. Sus miradas, en el aire, se besaban cimbreantes, como pájaros de luz. Él se esforzó en mantenerle el pulso a la supervivencia y su constancia le otorgó la victoria. Con el paso de los años llegó otro hijo, hembra en este caso, y la prosperidad se instaló en el hogar. Disfrutaron de algunas vacaciones y sus hijos sí tendrían la oportunidad de estudiar. Cambiaron un par de veces de coche, pagaban, con cierta holgura, la hipoteca de su casa y, a veces, algún domingo, salían a almorzar. Todo iba a mejor. La familia estaba unida en una cálida pócima de concordia. Hasta que el cuenco se rompió.

   Las primeras hojas comenzaron a caer en el otoño de su amor. Claro que había subido el coste de la vida, pero hasta entonces lograron adaptarse con renuncias a deseos personales. En 2010, cuando contaba cincuenta y cuatro años, ocurrió. Dejó de ser un trabajador con derechos y se convirtió en un ciudadano más al que exprimir. Le volvieron a reducir el sueldo y unos meses después pasó a engrosar las listas del paro, tras la quiebra final la empresa. Sus hijos ya lucían títulos académicos y, aunque multiplicaron curriculums, nada encontraron en mercado laboral. Ahora que les tocaba dar el callo a ellos, la negritud del horizonte era abrumadora. De modo que Santa, su queridísima mujer, se puso a limpiar escaleras. Eso y algunas horas extras en casas ajenas les daba para alimentarse y pagar los gastos de la casa, porque con el paro que le quedó a Alfredo apenas pagaban la hipoteca mensual. Volvieron las estrecheces, pero ellos al mal tiempo siempre mostraban la más alegre de las caras. Su amor era insondable. Cada uno de ellos, al despertar por la mañana y ver los ojos del otro, sentía aún ese esplendoroso amanecer recorriendo sus entrañas. Nada les vencería, mientras sus arrugadas manos se anudasen frente a la adversidad.

  Hace unos meses a Alfredo se le acabó el paró y comenzó a cobrar la ayuda familiar. No, no piensen que se le complicó aún más la cosa, al menos durante medio año. Tuvo suerte, justo un mes antes pagó el último recibo hipotecario. Ya la casa es de la familia, ya ningún banco nos la puede quitar, pensó, aliviado ante tsunami de desahucios que anunciaban cada día las noticias. Ya podrían vivir sin las presiones del recibo bancario, ahora el problema eran los hijos, con más de treinta años y sin futuro que labrar. Y Santa, su exahusta Santa, que llegaba a casa cada día más dolorida, más agotada y con unas inmensas ojeras de túnel de camión. Él le preparaba la cena con cariño cada noche, pero ella ya apenas lograba cargar tantas desgracias en su espalda. Las pastillas, las varices, la tensión, el azúcar, los dolores, la visión… Los años que nos van dejando cicatrices a su paso. Él lo sabe, sabe que ella está a punto de reventar, que su cuerpo ya no puede más, que cualquier día, al despertar, ella ya no estará, aunque aún pueda tocar su frío cuerpo. Y piensa que lo único a lo que teme en este mundo es a quedarse solo, sin su apoyo sentimental, sin su anclaje imprescindible, sin su luz, sin esa mujer maravillosa que lo completó como hombre siempre y a la que siempre amará.

   Ayer encontraron el cadáver de Alfredo. Fue al amanecer y hacia mucho frío. Santa lo encontró en la bañera, con el pijama puesto. Se había cortado las venas de ambos antebrazos. La sangre ya estaba seca, hacía horas que había dejado de fluir. Sobre el lavabo encontraron una nota dirigida a Santa.


“Querida Santa. Al fin he comprendido que ya no soy más que un deshecho, un problema que es necesario solucionar. Creo que a todos os irá mejor sin mí. Tengo entendido que, como viuda, cobrarás una paga aceptable y creo que con ella, y libres del engorroso excedente en el que me he convertido, podréis tener un mejor futuro. Arregla los papeles cuanto antes. Quiero daros esa oportunidad. Y no te enfades conmigo, por favor, esto lo hago por amor. Te quiero, vida mía. Cuida de nuestros hijos y diles cuánto les quise”


Del libro "Historias de la puta crisis"

miércoles, 4 de diciembre de 2013

UNA HISTORIA DE SEXO



  “Antes yo era muy católica e iba a misa cada domingo y ahora, ya ves, me es imposible asistir, porque a esas horas la boca me huele a polla”, le comentaba al periodista, mientras acercaba a sus labios la taza humeante de café. Ágata es su nombre desde mediados de 2009. Antes era Josefina, viuda a los 22 años de un abogado prometedor, y comercial inmobiliaria en la empresa de un amigo de su padre constructor. “Yo vivía muy bien, a pesar de mi desgracia, sola y con un niño de pocos meses tras el accidente de mi marido, pero pronto comencé a trabajar vendiendo inmuebles y a ganar mis buenas comisiones. Fueron años maravillosos, a pesar del duelo. Me compré el adosado y viajaba casi todos los años con los compañeros y compañeras de la cofradía. Y sí, algún amante tuve, pero lo llevaba tan en secreto como lo de ahora. Había que dar buena imagen, y era más importante darla frente a los demás que ante Dios. Entre nosotros nada era más importante que saber guardar las formas. Así pensaba antes y no se imagina lo equivocada que estaba. La verdad es que lo único que importaba era el grosor de tu cuenta corriente.” “Y llegó la crisis”, la interrumpió el periodista. “Sí, la maldita crisis. Las ventas se desmoronaron y, muy pronto, desapareció la liquidez. La empresa quebró dejándome varias comisiones por pagar. Luego vino el paro, dos años, y las presiones del banco por la hipoteca de la vivienda. Encontrar un nuevo trabajo en mi ramo fue imposible y la porquería que cobraba de paro (tenía contrato de media jornada), no daba ni para la hipoteca. Y, encima, era tan idiota que trataba de seguir manteniendo mi status ante los demás. Ese fue mi gran error, querer seguir manteniéndolo todo, negar mi realidad. Cuando quise darme cuenta ya había sido embargada y desahuciada y todos aquellos falsos amigos de la cofradía de La Santa Cruz habían desaparecido. Me volví a ver en casa de mis padres, también cargados de deudas tras la quiebra de la empresa, ya con 30 años y un niño de ocho que necesitaba de todo.”

   El silencio se tensó en sus ojos, como si ambos caminaran sobre un alambre de cristal. Ninguno quiso mirar de frente al fondo del abismo. Él sintió una punzada en el mentón al pensar en el no rotundo de ella a mostrar su rostro en fotografía alguna. Aquellos labios le embelesaban. “Y, en ese momento, fue cuando cambió tu vida”, alcanzó a decir el periodista. “Sí, a veces la circunstancias te llevan a visitar las oscuras caras de una vida que acaso ni imaginarías. Leí un anuncio en el periódico, pedían chicas de alterne en esta ciudad y no lo pensé, aún tengo buen cuerpo y el sueldo estaba muy bien, no tanto como ahora que trabajo por mi cuenta, pero me ayudó a comenzar de nuevo. Ahora, cuando voy a visitar al niño y a mis padres, los amigos de la cofradía me rondan como ratas archiveras, interesándose nuevamente por mí, -dijo Ágata con expresivo sarcasmo-. Ahora mi hijo ha vuelto al colegio de curas y ya nadie se atreve a mirarme por encima del hombro”.

   El periodista la observó. Vio el orgullo de princesa en aquella mujer que vendía más su alma que su cuerpo, el sexo para ella era únicamente transacción, sin atisbo de deseo. Estaba vacía. Era un precioso jarrón de porcelana eternamente hueco. Cerró la carpeta en la que estuvo anotando la entrevista. En ella tenía apuntado el guión de la misma y sabía que, a partir de ese momento, venían las preguntas escabrosas. Las preguntas más íntimas y escandalosas. Esas en la que esa boquita estuviese relamiendo pollas. Pero no quiso hacerlas. Guardó la libreta en el bolso, pidió la cuenta al camarero y acarició suavemente la mano de Ágata. Ella se ruborizó un poco ante el acto inesperado del joven periodista, pero en el breve tiempo que el camarero trajo la vuelta logró recomponerse. Asió la mano del joven, le sonrió con picardía y le susurró: “Doscientos la noche completa”. Y él le respondió: “Lo sé”. Salieron juntos de la cafetería y juntos caminaron hacia el hotel en el que se hospedaba el periodista. “Entonces, ¿ya no quieres que te cuente nada más?”, preguntó Ágata, algo coqueta. “No. Mejor me lo enseñas”, contestó él. 


Del libro "Historias de la puta crisis"  

martes, 3 de diciembre de 2013

OTRA REVOLUCIÓN



Llegará como un temblor que se presiente en la distancia
y, convulso como un trueno, irrumpirá cuando ya nadie la espere.
Las cadenas se abrirán como párpados al miedo,
las trincheras y la sangre serán herramientas de batalla,
los nombres se transformarán en logos de frío metal,
dioses intocables, trazos sin razón que adorarán las multitudes.
Los  ríos cárdenos no saciaran la sed y en las pupilas,
con brillo de escarcha, refulgirá el fuego de la venganza y el dolor.
Llegado ese momento, la esperanza se convertirá en locura
y la locura, más tarde, en tragedia.  Con el tiempo,
 los muertos desaparecerán de archivos y memoria.

Y a la espera de otra revolución, para que todo siga igual:
 sólo los ancianos sabrán cuándo muere otro anciano.



lunes, 2 de diciembre de 2013

¿EL FIN DEL LOGOS?

  Pocas veces leí una descripción del infierno social que cohabitamos tan acertada. No conozco a su autor, me la envió como comentario a un poema, "La sombra del fuego", publicado en este blog. Confío en tener su permiso para extender su existencia. Es tan lúcido, tan luminosa la luz de sus escombros, que no puedo resistirme a la tentación de compartirlo. Veamos cuántos nos sentimos identificados en el texto.





¿EL FIN DEL LOGOS? 

La definición más precisa e impactante de lo que es el infierno es la ausencia de la razón, es decir, la incapacidad de diálogo con el otro. El otro además de representar el límite puede significar la fuerza que invite a la desesperación. No debería ser así. Si uno tiene muy claro quién es y no negocia sus señas de identidad y sus referentes, no tiene por qué sufrir por la incomprensión ajena. ¿O sí? Cada editor es responsable de lo que edita no de lo que los otros vean. Al mismo tiempo cada sujeto, antes o después, alcanza el estadio de la invisibilidad. Un lugar en el que no es visto. Eso al principio afecta al orgullo, tras acostumbrarse no ser visto es habitar permanentemente en el escondite. 
La primera vez que oí esa definición me resistí a aceptarla. Me dije que la insistencia en la comunicación y en el diálogo conseguía con paciencia y método el imperio de la razón. Por supuesto me equivocaba. Todavía no sé hasta qué punto me equivocaba y cuánta razón tenía aquél enunciado que me inspiró refracción. Actualmente sé que la condición de desgracia va directamente ligada a la imposibilidad de comunicarse, y dentro de esa incomunicación no poder expresar la impotencia resulta más alarmante. La situación se agrava al saber que la imposibilidad se da con los interlocutores más cercanos y con las personas de más confianza. El posible fin del logos no lo es para la voluntad ni la confianza.

No hay nada tan frustrante ni que queme tanto en el sentido psíquico como ser renunciante a las palabras ante quien se le considera no apto para entenderlas. Esa postura, en principio unilateral, se convierte en bilateral al hacer otro tanto la parte excluida con la parte excluyente. Si el sujeto humano -a la escala de multitudes- se distingue por su superficialidad y los iconos más superlativos son los más triviales es porque a la comunicabilidad le cuesta ir más allá de eso. 
En cuanto eres habitante del infierno, de ese infierno particular de no poder comunicar tu sentimentalidad y quien eres a la gente con la que tienes contacto y a la que más quieres, todo se hunde. El problema no acaba ahí, es posible que a tu debido turno te conviertas, a pesar de tu voluntad, en el infierno para otros, al dejar de ser el entusiasta que fuiste, el promotor por el que te conocieron o el tipo dinámico que tenía marcha para estar en todas partes. No hay que ir al campo de batalla de los obuses y los lanzallamas con los cadáveres troceados por todas partes para decir que se ha estado en el infierno. Vivir en la sociedad hedónica es estar en una de sus naves.
Mientras los desgarros se puedan seguir cosiendo la biografía es una cantera de anécdotas de las que escribir y que contar. Esto seguirá así hasta el momento de la saturación total de anecdotismos reiterados y actos repetidos. El viviente en su condición de desgraciado se resignará a aceptar esta categoría. Le seguirá saliendo por respuesta el servoautomatismo de decir “bien, todo bien”, en cuanto le pregunten por cortesía como está, cuando en el fondo sabe y sabe que está mal, que todo anda mal. ¿Qué necesita un habitante del infierno para decir que como tal es un desgraciado? ¿Ante quien confesárselo? ¿Quién está en condiciones de escuchar semejante sinceridad?
Se vive muriendo un poco más a cada rato que el fin del logos queda demostrado. Por otra parte, la vida sigue por todas partes: sarmientos secos que rebrotan, semillas enterradas que dan tallos, el sol que sigue saliendo, las nubes que duchan las tierras secas, las pistas de vehículos rodantes por las que no paran de pasar, las chácharas de las gentes en todas partes o los pájaros que siguen piando aunque nunca se empeñaran en enseñarnos a cantar.

Al desgraciado, no por no tener, sino por poder ser de acuerdo con su ideario y sueños le han resbalado proyectos y le han sobrado traidores, esos que ni siquiera pasan por tales metidos en la fina sutilidad de los ausentes que no cumplieron con su parte del compromiso.
Al desgraciado ya no le va continuar formando parte de las rutinas ritualísticas de todas partes. Ya pasó por una buena parte de ellas, dejándolas atrás. Se sabe víctima de una gran estafa, pero no de una conspiración contubérnica tramada por poderes ocultos perversos, sino por quedarse pegado a los ilusionismos varios de generaciones de inconsecuentes. A su debido momento, el estafado sabe que también fue cadena de transmisión de la estafa y por tanto no ha de descartar que otros lo puedan descartar como impostor. Un estafador lo puede ser y de hecho lo es quien se cree los idealismos al uso sin tener las garantías científicas de su realización. La estafa del idealismo podrá ser el eslogan futurible aplicable a aquellos que prometen paraísos del mañana y son agentes reproductivos de los infiernos del hoy.
Las semillas que rebroten y los frutos de la tierra nos recuerdan a su manera y sin palabras que los humanos no dejamos de formar parte de este ciclo universal del esplendor de temporada y estar en la quietud entre bastidores el resto del año. 

Los humanos que nos necesitábamos para construir un imperio de bondades terminamos de compañeros de galeras achicando aguas del navío que irremediablemente se hundirá. La historia no acaba ahí, sigue y seguirá intentando explicar lo que pasa en general y lo que nos pasa en particular.
Al sujeto que se ha quedado en sombra de lo que fuera y quisiera ser ya no le pedimos que nos explique su aventura existencial, nadie le pregunta por quien fue (salvo los archiveros y amantes de fichas de control). Se le juzga por lo que aparenta ser: un tipo tirado con la mirada perdida sin esperar nada de nadie. Los avatares sociales lo han arrinconado en cualquier agujero de inmundicias. Su aparente mansedumbre es el grito de rebelión más potente que jamás existió. No esperar nada del otro, nada de nadie, ni siquiera una entente en el lenguaje pone fin a los días del hombre interesante, para convertirlo en el fósil ordinario del escenario de paso.
El discurso del infierno forma parte del averno. Entre sus llamas de fuego frio se hielan las venas y las neuronas que dejan de computar. Todo es dolor, ninguna idea acierta para un futuro que no existe. Los traidores de cada causa se enumeran y se comparan en quien la hizo peor, en quien achuchó a mas gentes en los campos concentracionarios de las existencias vacías. El biógrafo de las desgracias ajenas, a su vez se sabe advertido de cuál es el destino multipersonal tras el fin de cada autoengaño particular. La lucha por los demás en general y por mejor la historia del mundo no deja de ser el subterfugio que esconde la incapacidad de cada cual de luchar por sí mismo. Cuando las alternativas desaparecen, y dentro de ellas la autojustificación para construirlas, emerge imparable la miseria intelectual que junto a la miseria espiritual hacen del no alternativo escoria social o figura estandarizada, que para el caso es lo mismo.

Queda el texto surrealista o el poema inconexo en el que refugiarse, quedan las palabras –como siempre- pero esta vez de, por y para uno. Las palabras que no el diálogo, en el que la vía de comunicación queda derretida o tapada por las lavas fundidas de los llantos de la animalidad más sufriente.


Texto de Jes Ricard O
enviado como comentario en Facebook
a la publicación del poema "La sombra
 del fuego", editado en este blog.