viernes, 23 de agosto de 2013

ESPAÑA: EL JARDÍN DEL ODIO


 Que la gran mayoría de defensores de la derecha de este país son seres, en cierta medida, inhumanos es indiscutible. Basta comprobar la frialdad con que legislan en temas tan sensibles como la sanidad o la dependencia para afirmarlo sin temor a errar. Porque es evidente que ni se inmutan ante la muerte de un emigrante por falta de atención médica, ni por el cruel olvido y abandono de los más vulnerables. A ellos sólo parece emocionarles el lujo y el poder. Y, en algunas, ver a los antidisturbios repartiendo leña sobre los yayoflautas. Pero… porque ellos actúan así ¿hemos de imitarlos? La catadura moral de este país está en precipitada decadencia. El todo vale se ha convertido en premisa fundamental para las distintas ideologías que compiten por el poder. Y nos olvidamos de la armonía necesaria en toda civilización democrática, para convertirnos salvajes teorizadores e instigadores del odio. Sí, compañeros de la izquierda, me siento absolutamente defraudado. No logro entender todos esos comentarios de acritud contra la accidentada Cristina Cifuentes. Una menos, llegué a leer en algún muro, ya nos queda una menos a la que colgar. ¿En qué se está convirtiendo este país? En algo vomitivo y demasiado preocupante. Ya no es el hambre y la necesidad vital lo que mueve las entrañas de los contrincantes, es el seco y gélido odio.


  Creo que necesitamos, todos, los de derechas y los de izquierdas, unas vacaciones en Siria o Egipto. Un viajecito turístico por sus calles sembradas de cadáveres, para concebir la experiencia del futuro que estamos generando. Si pudiéramos ser testigos, en pleno bombardeo químico,… si pudiéramos sentir la asfixia sin que nos afectase mortalmente y nos convirtiéramos en expectantes observadores de la muerte… si pudiéramos ver en vivo la muerte de tantos niños, sus últimos y frágiles estertores… la convulsa muerte por doquier… los aullidos dolientes de tu hermano… la temprana expiración final de tus propios hijos… otro gallo nos cantaría. Comprenderíamos el irrefrenable desenlace del odio exacerbado, ese que nosotros, aquí, sembramos ya con plena adoración, nulo raciocinio e infinita ligereza.

Esto ya es de locos, todos enfrascados en esta guerra sin reglas y sin que nadie perciba a las víctimas que van muriendo en el olvido. Y, total, ¿para qué?, si la rueda siempre a rodado igual:

Izquierda, izquierda
Derecha, derecha
Delante, detrás
Un, dos, tres...
                                  La trenca, 1976

miércoles, 21 de agosto de 2013

¡QUÉ ALEGRÍA! BAJÓ, POR FIN, EL IPC

   ¡Qué alegría! Por fin, tras años de sacrificio de todos los españoles, hemos logrado reducir el IPC. Los sacrificios en pos de la competitividad y la bajada de salarios en los curritos lo han hecho posible, es más, se ha conseguido a pesar del mantenimiento o aumento de los emolumentos de las élites. ¡Qué gran proeza! Ahora exportamos más que antes, para regocijo de multinacionales y grandes empresarios, e importamos más barato, gracias a la reducción de la prima hispanoalemana. Es cierto que el pescado no se puede oler en las casas más humildes y que el pollo y las patatas se han convertido en alimentos prohibitivos. Pero qué importancia tiene eso cuando el rico puede comprarse un Ferrari o un chalet a precios más ventajosos. Y si a usted por casualidad le tocase la lotería mañana, tendría acceso a una barrita de oro o a cualquier artículo de lujo a un precio mucho más bajo de lo que nunca pudo comprarlo ayer. Si, ahora, hasta los restaurantes de lujo, de esos que antes venían cobrando 300 euros por comensal, preparan menús a poco más de 100 euros.

   ¡Qué alegría! ¿Verdad? Porque  los grandes expertos económicos de nuestro gobierno afirman que todo esto se traducirá en poco tiempo en más puestos de trabajo. Y es lógico pensar que si al que tiene muchísimo dinero le damos más, éste lo invertirá, ¿no?, muy a pesar del hinchamiento de las cuentas suizas. ¿Para qué nos vamos a preocupar de lo que no es más que pecata minuta? Lo importante es que se mueva el negocio de las empresas, que se consuman más Lamborghinis y Rolex y Gucci y Rayban y…, sin olvidarnos de la “New Cousin”.


Colas en un comedor público español
   ¡Qué país de tontos y de pícaros! ¡Qué país de idiotas adoradores de la apariencia y el vacío mental! Y, encima, nos quieren convencer a los despiertos que ya esto comienza a remontar, que ya estamos superando la maldita crisis. Perdónenme, pero yo no les creo, a pesar de las cifras que nos ponen por delante. Yo estoy con mi suegra cuando me dice: “Yo, con la mierda de pensión que me dan (325 euros al mes) no sé qué es eso de la crisis, porque siempre viví en la pobreza y en ella viviré hasta que consiga matarme”.

sábado, 17 de agosto de 2013

LA HOMOFOBIA Y LOS PEQUEÑOS DICTADORES


En nombre de la tolerancia deberíamos
reclamar el derecho a no tolerar la intolerancia.
Karl Popper

   Los perturbados psíquicos, los fanáticos, los deficientes mentales o los niños son inaccesibles a las amenazas porque no las entienden. De esto se deduce que la hermosa atleta rusa Yelena Isinbayeba no pertenece a ninguno de estos cuatro y exclusivos grupos, ya que ayer mismo reaccionó a sus palabras homófobas, pronunciadas en la rueda de prensa posterior a la consecución del título mundial del salto de pértiga, aduciendo su limitada expresión en Inglés, idioma que, según ella, no conoce muy bien y que le indujo al erróneo mensaje. Posiblemente la verdad de todo es que Isinbayeba sea más que accesible a las amenazas, a las de su propio país si dice algo en público contrario a la política represiva de Putin con respecto a gays y lesbianas, y a las de la comunidad internacional en caso de no haber excusado luego sus palabras. O sea, que lo más probable es que ésta inconmensurable y hermosa atleta no sea más que un conejillo asustadizo cuando carece del sostén de su pértiga. Pero pensemos que Isinbasayeba no llamó anormales a los homosexuales por el temor a las represalias del gobierno ruso. Pensemos que realmente lo dijo porque, llevada por la idiosincrasia cultural y social en la que vive, comparte las ideas homófobas de su pueblo. Aún así no logro entender la reacción que sus palabras han suscitado en la comunidad progresista de nuestras hipócritas democracias occidentales (el adjetivo “hipócritas” está colocado a conciencia, pero sin ánimo peyorativo, sino como una constatación de la realidad parádojica, a mi modo de ver, y que iré exponiendo en este artículo).

   Es innegable que los continuos atentados contra los derechos humanos que se están produciendo en Rusia contra el colectivo homosexual es insostenible y que nuestras sociedades avanzadas no los pueden consentir  Y el comportamiento de las autoridades rusas, permitiendo asesinatos públicos mostrados, como escarnio, en internet, es abyecto y se hace necesario una condena rotunda de los países democráticos en la naciones unidas. Pero es que Isinbayeba no es una política del Kremlin, ni un bastardo asesino que muestra sus viles hazañas en youtube, ni siquiera es una agente de la ley que omite su obligación de salvar la vida de sus ciudadanos, sean de la condición sexual que sean. No, Isinbayeva es atleta y todos los premios y reconocimientos internacionales concedidos se los ha ganado volando por los aires con su pértiga. ¿A qué viene entonces, está demagogia estúpida, de desahuciarla de sus laureles atléticos? ¿De qué estamos hablando, de la estulticia suprema que mostramos al decir que un pintor o un escritor nunca será técnicamente bueno si profesa tal o cual ideología?  ¿No os parece este pensamiento más común en un deficiente mental, o en un fanático, o en un perturbado psíquico? ¿O es que acaso no somos más que niños en una eternamente inmadura democracia?

   Isinbayeva no ha matado a nadie, no ha cometido ningún delito, sólo ha expresado su forma de pensar o, peor aún, se ha dejado llevar por el miedo ante la pregunta/encrucijada de un malicioso periodista y ha respondido lo que en cada caso ha considerado más conveniente para su seguridad. Ahora bien, la pregunta que nos deberíamos estar haciendo ahora es: ¿en qué lado, de esta historia entre Isinbayeba y los colectivos que la critican, está realmente la intolerancia? Yo, desgraciadamente veo más intolerancia en esas personas que ya exigen, y con inusitada vehemencia, el linchamiento público de la atleta, la represión inmediata, su defenestración como campeona del mundo, título ganado a pulso con su tesón y esfuerzo diario, y la retirada del premio, en el apartado deportivo, otorgado por la fundación Príncipe de Asturias. Qué es la democracia, sino poseer la certeza segura de poder expresar tus ideas en absoluta libertad y sin posibilidad de represión. Qué es la democracia, sino respetar la ideas de los otros, sean lo peregrinas o radicales y condenables que nos parezcan; mientras sean sólo ideas y no vayan acompañadas de la consumación de algún delito, delimitado y clarificado por la constitución democrática. A ver si al final va a resultar que aquellos progresistas que tanto alardean de comportamiento democrático, en realidad, sean dictadores en potencia y ni siquiera tengan la mínima capacidad de autocrítica para ser conscientes de ello. Sí, señores, a mí también me escandalizó escuchar la frase los rusos somos normales, los chicos se casan con chicas y a las chicas nos gustan los chicos (frase literal), pero fue sólo una frase, un pensamiento que, desde luego, no enerva mi repulsa hasta el punto de desear convertirme en un represor político, ni de convertirme en un clon, contrario ideológicamente, de los rusos bastardos que asesinan a gays y lesbianas con total impunidad.

Este artículo se lo dedico a todos mis amigos
homosexuales, en especial a Chio y a Kina



viernes, 16 de agosto de 2013

NUESTRA KAFKIANA REALIDAD

 
Paul Watlawick
 Acabo de leer éste maravilloso extracto del libro Es real la realidad de Paul Watzlawick y deseo compartirlo con vosotros. Tras su lectura que cada uno saque sus conclusiones. Para mí es de una actualidad irreverente, teniendo en cuenta la era de confusión social, distorsión de la realidad y desinformación intencionada en la que vivimos.

   “Alguien debió calumniar a Joseph K., pues sin haber hecho nada censurable, una mañana fue detenido”. Así comienza la novela El proceso de Kafka. Sin embargo el proceso nunca tuvo lugar. K. no es dejado en libertad ni condenado a prisión. El tribunal nunca le dice de qué se le acusa; debería saberlo por sí mismo, y su ignorancia es una prueba más de su culpabilidad. Cuando se esfuerza por conseguir que el tribunal tome una posición clara, se le acusa de impaciencia e impertinencia. Si, por el contrario, intenta ignorar la autoridad del tribunal o, simplemente, esperar la siguiente acción judicial, su conducta es tachada de indiferencia y obstinación. En una de las últimas escenas de la novela habla K., en la catedral, con el capellán del tribunal e intenta, por enésima vez, clarificar su destino. El clérigo intenta descifrarle su situación con la siguiente parábola.

 
Franz Kafka
 
Ante la puerta de la ley hay un guardián. Llega ante el guardián un hombre de campo y le pide que le deje entrar. Pero el guardián le dice que en ese momento no le puede permitir la entrada. El hombre reflexiona y pregunta si podrá entrar más tarde. “Es posible, dice el guardián, pero ahora no”. Como la puerta de la ley está abierta y el centinela se ha retirado un poco, el hombre se asoma a través de la puerta con la intención de escrutar el interior. Cuando el vigilante lo advierte, se ríe y le dice: “Si tanto te interesa intenta entrar, a pesar de mi prohibición. Pero ten en cuenta una cosa: yo soy poderoso. Y sólo soy el guardián subalterno. En cada sala hay un guardián y cada uno de ellos es más poderoso que el anterior. Yo no puedo siquiera soportar la mirada del tercero”.
   El guardián le proporciona un taburete y le permite sentarse junto a la puerta. Y allí permanece sentado días, meses y años. Intenta una y otra vez conseguir permiso para entrar o, al menos, recibir una respuesta definitiva. Pero lo único que se le dice es que todavía no puede entrar.
   Llega el momento en que la vida le abandona. Antes de morir sintetiza las experiencias vividas durante aquellos años en una sola pregunta, que aún no ha hecho al guardián. Le llama por señas, pues ya no puede enderezar su rígido cuerpo. El guardián tiene que inclinarse ante él, porque ha variado mucho la diferencia de estatura con los años y ahora el centinela es mucho más alto. “¿Qué quieres saber ahora?” –le pregunta. “¿Cómo es que en todos estos años nadie, salvo yo, ha solicitado permiso para entrar?” El guardián sabe que el hombre está a punto de morir y, para que pueda oírle, grita: “Aquí nadie podía obtener este permiso, porque esta puerta estaba reservada para ti. Ahora mismo voy a cerrarla”.

   “Entonces, el guardián engaño a aquel hombre”, replica inmediatamente K., que se había sentido muy atraído por aquella historia. Pero el capellán le hace ver, a través de una exposición muy cuidadosa y convincente, que el guardián no cometió ninguna falta y más aún, que hizo más de lo que el deber le exigía en su deseo de ayudar a aquel hombre. K. se queda perplejo, pero no puede negar la validez de la interpretación. “Tú conoces la historia mejor que yo y desde antes”, concede al clérigo. “¿Crees, pues, que el hombre no fue engañado?”. “No me interpretes mal”, responde el capellán; y hace ver a K. que existe una segunda interpretación, según la cual el engañado es precisamente el guardián. También esta segunda hipótesis es tan convincente que, al final, K. la tiene que reconocer: “Las razones son sólidas y también yo creo que el engañado fue el guardián” Pero inmediatamente el capellán tiene algo que oponer a esta concesión de K. Dudar de la honradez del guardián es dudar de la ley misma. “No estoy de acuerdo con esta opinión”, dice K. moviendo la cabeza, “porque quien la admite se verá obligado a considerar como verdadero todo lo que el guardián diga”. “No”, replica el clérigo, “no es preciso considerarlo como verdadero, sino como necesario”. “Triste opinión”, dice K., “la mentira convertida en orden del mundo”.

   K. y el capellán están hablando de dos órdenes distintos del mundo y, por eso, al poner fin a su diálogo, sigue flotando aquella misma ambigüedad que subyace en el fondo de todas las tentativas de K. por conseguir la certeza: Cuando cree haber descubierto sentido y orden en los sucesos que le rodean, y que le exigen una adecuada decisión, se le hace ver que este no es el verdadero sentido.



jueves, 15 de agosto de 2013

EL PODER DEL GRUPO

   A mediados del siglo pasado el psicólogo Asch llevó a cabo un experimento con grupos de jóvenes estudiantes. Cada grupo estaba formado por una decena de individuos a los que mostraba dos tablas. En la primera aparecía una sola línea vertical, mientras que en la segunda se podían ver tres líneas, también verticales, pero de distinta longitud. La pregunta era sencilla: ¿qué línea de la segunda tabla tenía la misma longitud que la de la primera tabla? En las dos primeras rondas del experimento todos los individuos del grupo respondieron lo mismo, pero en la tercera ronda un solo miembro de cada grupo comenzó a dudar y dio una respuesta distinta. En la siguiente ronda el grado de confusión y nerviosismo del miembro disidente se hizo palpable e insostenible. Y a partir de la quinta ronda volvió a confluir su respuesta con los demás miembros de su grupo. Lo que nunca llegó a saber el proscrito temporal es que Asch, antes del experimento, había instruido a los demás estudiantes, para que, a partir de un momento determinado, dieran una misma y falsa respuesta. En realidad, las únicas personas sometidas a experimentación eran ellos, los disidentes, que ahora se hallaban insertos en una situación sumamente insólita y perturbadora. O bien contradecir la opinión despreocupada y unánime de los demás y aparecer, por consiguiente, ante ellos como defensor de una distorsionada concepción de la realidad, o bien desconfiar de sus sentidos y su razón. Curiosamente el 40% de los individuos sometidos al experimento optaron por la segunda opción y se sometieron a la opinión del grupo, a pesar de considerarla patentemente falsa.


  Al finalizar el experimento, un estudiante que formaba parte de la conjura experimental se expresó ingenuamente: “Sería realmente magnífico llegar a descubrir un método para inmunizar para el resto de la vida al mayor número de jóvenes contra todas las formas de propaganda y lavado de cerebro”. Sin embargo, de forma paradójica y a pesar de la positiva necesidad  de búsqueda de armonía en el grupo para el desarrollo social, estamos caminando hacia las aciagas palabras que el inquisidor general pronunció en la Edad Media: “La disposición a someterse, a renunciar a la libertad de opinión individual y a la responsabilidad inherente a la misma, por el plato de lentejas de una colectividad que libera de conflictos a ésta, esa es la debilidad humana que lleva al poder a los demagogos y dictadores”

   ¿Cuántas veces hemos estado en la inauguración de una exposición, frente a un cuadro abstracto que nada nos decía, pero ante las muestras de admiración de los otros, hemos acabado por aceptar como una obra de arte algo, para nosotros, incomprensible? ¿Cuántas veces hemos aceptado como real una realidad distorsionada por la propaganda? ¿Cuántos españoles siguen convencidos de que en el atentado de Atocha tuvo algo que ver ETA… y el PSOE… y hasta la misma policía? ¿Cuántos periódicos verán hoy la luz con la batallita dialéctica sobre el Peñón, mientras los niños se nos mueren de hambre y los corruptos siguen en libertad? ¿Cuántos periodistas, bienpagados por el partido que los compró, debatirán hoy en los programas televisivos que a diario, y sin cesar, nos tragamos?

   Tengan en cuenta una cosa. Si, según el experimento de Asch, de cada diez jóvenes nueve eran cómplices de la mentira y sólo uno decía la verdad. Y si, además, de esos Unos el 40% se rinde por el qué dirán. Entonces, ¿qué nos queda? ¿Acaso es que no existe otra posibilidad que la que nos auguró el inquisidor? Piénselo, tan sólo eso y ya tendremos un principio para la esperanza. Porque la distorsión y la confusión continua sólo nos puede llevar a la decadencia moral e intelectual y a nuestra propia ruina como especie.

miércoles, 14 de agosto de 2013

LA PARADOJA DE HELLER

 Hoy os dejo esta joyita contenida en la novela Cath-22 de Joseph Heller, un ejemplo evidente de la paradoja irracional que mueve el poder inmoral en el mundo. Fue escrita hace ya unas décadas pero podría ser actual.
   Yossarian es piloto de una escuadrilla de bombarderos norteamericanos destinados en el Mediterráneo. Llega un momento en el que le resulta imposible seguir soportando la carga psíquica de los vuelos diarios al combate y busca desesperadamente una salida. Aparte de hacerse matar como un héroe no le queda otra salida que la posibilidad de ser declarado no apto para el servicio por razones psiquiátricas. Explora, pues, esta vía de escape en una conversación con el jefe médico Dr. Daneeka, pero como medida precautoria no expone su caso personal, sino el de otro piloto, llamado Orr:

“-    ¿Está loco Orr?
-       Por supuesto que está loco, -dijo el doctor Daneeka.
-       ¿Puedes declararle no apto para misiones de bombardeo?
-       Naturalmente que puedo. Pero antes tiene que pedírmelo. Así lo prescribe el reglamento.
-       ¿Y por qué no te lo pide?
-       Porque está loco, -dijo el doctor Daneeka. Sencillamente, tiene que estar loco, pues en caso contrario no seguiría volando, después de haber estado tantas veces al borde de la muerte. Por supuesto que puedo declararle no apto para el servicio. Pero antes tiene que pedírmelo.
-       ¿Y no necesita hacer nada más para ser declarado no apto?
-       No, nada más. Sólo necesita pedírmelo.
-       ¿Y entonces, ya puedes declararlo no apto?
-       No. Entonces ya no puedo.
-       ¿Hay alguna pega?
-       Claro que hay una pega,-replicó Daneeka. Está la cláusula 22: Quien desea ser alejado del combate no puede estar loco.”


  Había, pues una pega, la cláusula 22, en la que se establecía que la preocupación por la propia seguridad frente a un peligro real e inmediato debía ser considerada como prueba de un funcionamiento normal del cerebro.
   Orr estaba loco y podía ser declarado no apto para el servicio. Lo único que tenía que hacer era presentar la solicitud. Pero si la presentaba, ya no se le podía considerar loco, y tendría que realizar nuevas misiones de vuelo. Orr estaba loco si seguía volando y estaba cuerdo si se negaba a hacerlo. Ahora bien, si estaba cuerdo, tenía que seguir volando. Pero si volaba es que estaba loco y no tenía que volar. Pero si se negaba a volar , tenia que ser declarado cuerdo y, entonces, estaba obligado a seguir volando. La insuperable simplicidad de esta cláusula impresionó a Yossarian, que lanzó un silbido de admiración.

“-     Esta sí que es una buena cláusula, -murmuró.
-       No encontrarás otra mejor, -asintió el docotr Daneeka.”


Texto extraído del libro “¿Es real la realidad?” de Paul Watzlawick

jueves, 8 de agosto de 2013

EL HAMBRE Y LOS INHUMANOS


 “A ver si va a resultar que son los niños los que no quieren comer”, decía ayer con intencionada ironía un cura de Barcelona, después de oír al viceportavoz del PP negar la evidencia contenida en el informe del defensor del pueblo catalán, denunciando el hambre infantil en esa comunidad (como en todas, muy posiblemente). “Eso del hambre generalizada no es verdad, sólo existe en casos puntuales en los que la flagrante irresponsabilidad de los padres es evidente”, fue la perla gramatical con la que se despachó a gusto el inhumano Rafael Hernando.  “España no es Etiopía”, recalcó jocoso al finalizar su intervención televisiva. Y en eso no se le puede negar la razón, España no es Etiopía... todavía. Porque al paso que vamos y si no cambian radicalmente su política lo acabará siendo. ¿Recuerdan cuando Zapatero nos decía que no estábamos en crisis? Pues esto es igual. Aquí no hay hambre, los niños que rebuscan en la calle en los cubos de basura lo hacen porque son traviesos y les encanta desparramar la basura por el suelo y otras gamberradas por el estilo. Claro, es que los padres no controlan la alimentación de sus hijos, les dejan hartarse de chuches (recuerdan la niña de Rajoy) y después no hay forma de que les entre la comida, pensaran convencidos por sus propias mentiras.


  Estos señores del PP están tan ocupados en lograr controlar a los jueces irredentos, al sistema judicial en general, y en lograr beneficios para las grandes empresas, a cambio de jugosas comisiones y la promesa de un carguito en el futuro, que no tienen tiempo de bajar a la calle y ver cómo está el percal. Además, pensarán que quien se mueve en el barro se mancha y no está el cotarro como para perder el prestigio y la elegancia, sabiendo de la importancia de la imagen en nuestros tiempos. Ellos viven entre viajes a Disney World con los chiquillos y escapadas furtivas a escondidos paraísos del sexo. Qué van a saber estos de la decadencia moral y económica del pueblo si ellos sueñan con confetis de 5000 euros o las palmaditas hipócritas de obispos y banqueros. Pero ¿cómo se puede ser tan inhumano? Lo del indeseable Rafael Hernando debía ser palmario, el ejemplo más rotundo de lo que jamás debiera ser un político. Debería hablarse de él en los futuros manuales de política como el modelo evidente de lo que nunca debiera ser un político. ¿Cómo es posible que a este impresentable le hayan votado ciudadanos normales? No, no nos engañemos. Este tío no está ahí por los votos de unos cuantos ciudadanos, lo está gracias al sistema electoral fraudulento que tenemos y a la severa línea mafiosa de los partidos, sobre todo el PP, pero en los demás también podríamos hallar otros ejemplos.




  En este país está todo podrido y ya se hace urgente y necesaria una regeneración total de sus instituciones y partidos políticos, si es que queremos salvarnos del aciago vórtice del hambre y la miseria. La mayoría de vosotros, ante la frase anterior, pensará que soy un poco exagerado, que todo no está tan mal y que tampoco son tan graves las amenazas que se ciernen sobre nuestro futuro. Pero hay algo que aún no os he contado. Asistí perplejo a todo esto de lo que os hablo en televisión, en el contexto del programa “Al rojo vivo”. Un programa que criticó tan justa como ferozmente la intervención de Rafael Hernando. Y, sin embargo, para mi el acto más escandaloso de la mañana lo cometió su guapa presentadora cuando, justo antes de la intervención del innombrable y a escasos minutos del final de su programa, les preguntó a los intervinientes del debate: ¿Tenéis algo más que argumentar sobre el tema del Peñón de Gibraltar o damos paso al tema del hambre infantil en Cataluña? Pero ¿acaso puede haber algún tema más importante sobre el que tratar que el hambre de los niños? Sí, señores, ya hasta los periodistas han dejado de ser humanos, aunque muchos, en la vorágine del éxito, ni siquiera sean conscientes de ello.