martes, 21 de enero de 2014

GAMONAL. UNA LUZ EN LA OSCURIDAD.



   Lo hemos visto. Ya lo hemos visto todos, aunque algunos, cegados por sus propios intereses, aún digan que no. Al PP le ha entrado el tembleque, la jindama y, en cuanto la calle ha hervido un poco, ha reculado. Y es que en esto de la justicia humana siempre surge una espita pequeña que lo acaba incendiando todo. Una anónima Rosa Park, 10 islandeses con cacerolas en una plaza o un barrio pequeño de Burgos que simplemente dice basta. De lo local a lo nacional, de la aldea al universo y sí, el futuro de la humanidad no se decidirá en los parlamentos, sino en las calles. Lo malo es lo de siempre, los cuatro niñatos descerebrados y con ínfulas de Superman anarquista que sólo saben joderlo todo. Destrozar, destrozar y destrozar, ese es su único lema. Destrozar la cristalera de un banco, el cajero automático, al sicario policía, a la vieja que se cruza en su camino. Si fuesen capaces de pensar verían el daño que provocan: la muerte de la esperanza. No tuvieron bastante con cargarse el hilo de luz nueva que fue el 15M y ahora se esmeran en dar razones al gobierno para fomentar la represión y al pueblo para resignarse con esta pseudodemocracia bipartidista antes del advenimiento del absoluto caos. Nunca entendí por qué aquellos que somos demócratas por convicción toleramos en las manifestaciones democráticas, asambleas, etc, a grupos de ideología antidemocrática, ya sean anarquistas o fascistas, batasunos o falangistas, porque lo lógico sería que los rechazáramos y nos alejásemos de ellos. ¿Contrataríamos, en caso de ser empresarios, a un trabajador cuyo único interés fuese el de hundir la empresa? ¿Dejaríamos entrar en nuestra casa a una persona, sabiendo que nos acabaría echando de ella? Entonces, ¿por qué dejamos participar en el juego democrático a grupos cuyo único interés es acabar con la democracia?


   Los ciudadanos de Gamonal nos han dado un ejemplo, nos han mostrado el camino y han abierto una puerta a la esperanza en este país sumido en el lodo gris de la desidia. Han conseguido lo impensable: que un alcalde, aparentemente corrupto e inhumano, dé marcha atrás y haga prevalecer la voluntad del pueblo ante sus mezquinos intereses. Y lo han conseguido sólo con unidad y la movilización constante. ¡Qué fácil y qué difícil a la vez!, ¿verdad? Pero es posible. Ellos lo han conseguido y también podríamos lograrlo nosotros, si nos dejásemos de gilipolleces como la de pedir la libertad para todos los detenidos en el conflicto, porque aquel que sólo sabe destrozar, quemar, tirar piedras, patear cabezas, derramar sangre, asesinar (algún día ocurrirá, posiblemente), debe estar recluido y no junto a nosotros manifestándose. En las oscuras y frías noches de Gamonal hemos visto brillar la luz solar de la esencia democrática. No dejemos que se apague la esperanza. Y mucho menos dejemos que nos la apaguen.

lunes, 20 de enero de 2014

LLAMAMIENTO A LA UNIDAD


Hola, soy la izquierda y vengo a unificar a la izquierda.

Hola, soy la otra izquierda que ha intentado unificar a la izquierda y no estoy de acuerdo con tu izquierda.


Hola, soy el resto de la izquierda y no estoy de acuerdo con ninguna de las dos.


Hola, soy la izquierda que no sabe que es de izquierdas y vengo a derrumbar el trabajo de todos ustedes para, al final, pedir lo mismo.


Hola, soy la única izquierda verdadera y revolucionaria y todos ustedes sois refomistasburgueses.


Hola, soy la pseudoizquierda y vengo a robaros los votos para hacer política de derechas.


Hola, soy la derecha y he ganado las elecciones.


Fin.



De Fran Rodríguez (Huelva) 

miércoles, 15 de enero de 2014

HOMENAJE A JUAN GELMAN

    Ayer murió Juan Gelman, el inmenso poeta argentino en cuyo lado oscuro del corazón volaban todas las mujeres. Descanse en paz y vaya este homenaje a su persona con la publicación en nuestro blog de uno de sus poemas.


ORACIÓN DE UN DESOCUPADO

Padre,
desde los cielos bájate, he olvidado
las oraciones que me enseñó la abuela,
pobrecita, ella reposa ahora,
no tiene que lavar, limpiar, no tiene
que preocuparse andando el día por la ropa,
no tiene que velar la noche, pena y pena,
rezar, pedirte cosas, rezongarte dulcemente.

Desde los cielos bájate, si estás, bájate entonces,
que me muero de hambre en esta esquina,
que no sé de qué sirve haber nacido,
que me miro las manos rechazadas,
que no hay trabajo, no hay,
bájate un poco, contempla
esto que soy, este zapato roto,
esta angustia, este estómago vacío,
esta ciudad sin pan para mis dientes, la fiebre
cavándome la carne,
este dormir así,
bajo la lluvia, castigado por el frío, perseguido
te digo que no entiendo, Padre, bájate,
tócame el alma, mírame
el corazón,!
yo no robé, no asesiné, fui niño
y en cambio me golpean y golpean,
te digo que no entiendo, Padre, bájate,
si estás, que busco
resignación en mí y no tengo y voy
a agarrarme la rabia y a afilarla
para pegar y voy
a gritar a sangre en cuello


martes, 14 de enero de 2014

UNA HISTORIA DE INMIGRACIÓN



   Son tres. Portugueses. Superan los cincuenta años. Y todas las noches duermen en la platea de la plaza. La misma en la que algunos domingos de sol pletórico toca la banda municipal su ristra de pasodobles, para que bailen los ancianos enamorados, rodeados de niños que se cuelan entre sus piernas, persiguiendo a las palomas. Ellos no molestan, no están en esos momentos. A esas horas del día ya han recogido sus escasos bártulos, algunas mantas y ajados carritos de la compra rellenos de bolsas y prendas sucias. En las horas diurnas uno se pinta la cara y simula ser una estatua, otro se coloca en la puerta de la catedral con su cajita de cartón y el que nos queda se sienta sobre un escalón del gran supermercado. Y así permanecen, durante horas, hasta que finaliza el jolgorio. Luego, al caer la tarde, se sientan los tres en el mismo banco y comparten bocadillos. Es el del supermercado quien más recauda, le ayuda a ello el andador que le sostiene al caminar y que, posiblemente, algún día fatídico le dieran en el hospital. Aún así, el capital acumulado cada día, gracias a la generosidad de algunos ciudadanos, no les llega para más y han de volver cada noche al frío mármol de la platea. Allí los veré mañana de nuevo, descendiendo de su trono nocturno, con los huesos entumecidos y el cuerpo dolorido. Tan sólo en la oscuridad les permitimos ser reyes de sus sueños.

   Se han convertido en un fenómeno cotidiano. Y saben apartarse y volverse invisibles cuando lo requieren las circunstancias. No molestan, son prescindibles. Lo saben. Y los habitantes del centro de la ciudad los han asimilado como a cualquier farola o jardinera de la calle. Ya forman parte del paisaje urbano. Incluso la policía que ronda continuamente la plaza los deja en paz. No son delincuentes, solo tres hombres pobres que huyeron del frío y la peligrosidad de Lisboa y se vinieron al Sur de España, donde el sol calienta más y la crisis, aunque grave, no es tan famélica como en el país vecino. “En Lisboa ya no se podía vivir –me dice uno de ellos, los angoleños nos robaban todas las noches”. “Angoleños, Mozambiqueños, Caboverdianos, la Praça Liberdade era un inmenso continente negro en el que era imposible encontrar un rincón de paz para tres viejos europeos. Nos tuvimos que marchar y decidimos que nada mejor que el calor del sur. Pero la situación económica es tan mala en mi país que es imposible sobrevivir de las limosnas y cruzamos el Algarve hasta llegar aquí”, me explicó el hombre del andador. “Aquí, al menos no nos molestan los negros, la policía ronda a menudo por la plaza y no los dejan quedarse y la gente, sus conciudadanos, se apiadan de nosotros lo suficiente como para lograr sobrevivir”, me dijo el que hacía de estatua.

   Me quede perplejo ante sus argumentos, nunca pude imaginar que aquellos tres hombres de apariencia frágil fuesen racistas. Mi intención era escribir un artículo sobre las necesidades y la situación de los sin techo de la ciudad y no un alegato xenófobo. Sin embargo, ante la deriva de la conversación les pregunté directamente: “Entonces, ¿son ustedes racistas?”. “No, en absoluto. Comprendemos a los negros, sabemos que ellos vienen de un hambre mucho más atroz. Pero nosotros tres somos viejos y débiles, seres vulnerables, malditas víctimas propicias. Los racistas son ustedes o, al menos, su policía. Y no sabe usted cuánto se lo agradecemos. No se confunda por las apariencias, en realidad, sólo buscamos sobrevivir. ¿Usted nunca ha dormido en la calle, verdad? Vaya usted a dormir una noche sobre los adoquines de la Praça Liberdade y lo comprenderá. Vaya si lo comprenderá”, me contestaron.


Del libro "Historias de la puta crisis"

lunes, 13 de enero de 2014

UNA HISTORIA DE SOLIDARIDAD CRISTIANA


   Angustias era viuda desde hacía una década. Juan, su marido, murió en el tajo. Estaba construyendo un nuevo muro en la ermita cuando le sobrevino el infarto. El párroco organizó un buen entierro y Angustias sólo tuvo que encargarse de las flores y la corona. Con el resto de los gastos corrió el obispado. Angustias les estaba muy agradecida desde entonces y colaboraba a diario en la limpieza de los santos. Hasta que su cuerpo comenzó a quebrarse. Luego la vida se hubiera convertido en algo insoportable si no la hubieran asistido las monjitas del asilo de Almonte, al principio visitándola en su casa y, mas tarde, acogiéndola en el propio asilo, a cambio de las escrituras de su casa. Angustias y Juan no habían tenido descendencia. Se fueron a la aldea del Rocío cuando aquello no era más que un barrizal de marismas en el que feroces mosquitos torturaban al ganado. ¡Qué dura era la vida por entonces!, pero la caza era abundante y se podía pescar en el río con las manos, pensaba Angustias a veces. Luego la feligresía comenzó se interesó por la aldea y los curas controlaron la situación, organizando las peregrinaciones periódicas. La aldea crecía imparable cada año y Juan se adaptó a las circunstancias del mercado. Tuvo que ir abandonando su furtivismo cuando Doñana se convirtió en Parque Nacional y dedicarse a la floreciente industria de la construcción y a hostelería la semana de la romería. El resto del año la aldea permanecería vacía, silenciosa, de no ser por los turistas de los fines de semana. Pero volvamos a Angustias, que aceptó el ofrecimiento de las monjas. ¿Qué iba a hacer? ¿Dejarse morir en la soledad de cualquier miércoles? Tres años la cuidaron con abnegada penitencia y esos días estaban a punto de llegar a su final. Angustias deliraba, ciega, en la aséptica cama de la enfermería del asilo y sus últimos recuerdos fueron los de un Juan aguerrido y sudoroso, cargando sobre su hombro a un jabalí aún caliente. Oía el ladrido de los perros cuando expiró su último aliento de vida.

   En el mismo momento de la muerte de Angustias, Maribel vagaba confusa por las calles desiertas de la aldea. Acababa de ser desahuciada por no poder pagar el alquiler. Desde el fatídico accidente todo se torció. Aquel domingo negro le destrozó la vida. Llevaban tiempo sin salir, los niños eran demasiado pequeños, pero Luis, su marido, se empeño en visitar la romería, la fiesta, el par de copas y, a la vuelta, el atropello. El anciano murió en el acto y a Luis le cayeron cuatro años de presidio. Maribel se vio sola, sin familiares cercanos, y con un niño de dos años y una niña de cuatro. Intentó durante meses conciliar su trabajo y el cuidado de los infantes, pero las dificultades se impusieron y la acabaron despidiendo. Poco a poco comprendió que la supervivencia familiar iba a depender de la caridad y comenzó a pedir ayuda en el ayuntamiento. Pero la crisis se cebaba con todos, también con los organismos públicos y era tan poco lo que había para repartir que no llegaba para todos. Maribel lo vendió todo y, aún así, llegó el día en el que ya no pudo pagar el alquiler, la luz, el gas… La desahuciaron el mismo día de la muerte de Angustias y, confusa, comenzó a andar por la carretera, con el niño en brazos y la niña cogida de la mano, alejándose de aquel pueblo maldito. Y, cuando el sol, rojo incandescente, parecía derramarse en sangre sobre la marisma, llegó a la aldea. Sabía que allí había muchas casas deshabitadas. Se dirigió a una de ellas, cogió una gran piedra de la calzada y golpeó la ventana hasta que consiguió romperla. Luego, ya en la oscuridad de aquella noche primaveral, introdujo a sus hijos por el hueco y ella entró detrás. Sólo el azar tuvo la culpa de que aquella casa fuese la de Angustias.

   Hoy asisto al juicio, mi periódico está interesado en la noticia. El obispado denunció a Maribel por la ocupación ilícita de la vivienda. Ella está sentada en el banquillo de los acusados, flanqueada por los niños que la abrazan compungidos. El juez le ha dado la palabra y ha sido muy escueta: “Yo sólo le pido caridad a la iglesia, señor juez. “La casa está vacía y no tengo techo con el que proteger a mis hijos. No digo que me la den gratis. Trabajaré en el campo, en lo que sea, y les pagaré un alquiler adecuado a mi situación. Señoría, tenga piedad, si me expulsa a la calle me quitarán los niños y sin ellos a mi lado ya no querría vivir “. El juez se debatía en un dilema doloroso, se notaba en su rostro el escozor de tan incomoda herida. ¿Cómo iba a dejar en la calle a una mujer vulnerable e inocente y a sus dos hijos?, pero la escritura de la casa estaba a nombre de la iglesia y la ley era muy clara. Si no echaba de la casa a Maribel podría cometer prevaricación y jugarse la carrera. No sabía qué hacer. Y, desde luego no podía comprender la actitud de la iglesia. De modo que llamó por última vez al representante del obispado que asistió al litigió y le dijo: “Vamos a ver, padre, ¿no podrían ayudar ustedes a esta señora de alguna forma? Y el sacerdote contestó: “Claro, señoría, y ya se lo hemos expuesto varias veces, pero ella se niega a aceptar nuestra generosidad. Nuestra prioridad es ayudar a los necesitados, a todos. Y, en su caso, estaríamos dispuestos a iniciar gestiones para que dos buenas familias cristianas con recursos se puedan hacer cargo de los niños, facilitándoles una educación según el evangelio. Y a ella estaríamos dispuestos a acogerla en la congregación de las monjas, en el asilo, siempre que esté dispuesta a expiar sus pecados, sacrificándose en la atención a nuestros desvalidos ancianos. Pero la casa la necesitamos. ¿Sabe usted a cuántos pobres podemos ayudar con lo que sacáramos de su alquiler tan sólo en la semana de la romería del Rocío?”.


Del libro "Historias de la puta crisis"

viernes, 10 de enero de 2014

UNA HISTORIA DE MUERTE Y VIDA



   “Millonarios insalubres viajan por todo el mundo, con la cartera llena, en busca del órgano que les salve la vida. La muerte del otro no es más que una simple anécdota. Pero en España, afortunadamente, no ocurre todavía. Aquí no media el dinero en cuestiones de vida o muerte, aunque algunos sólo codicien la bolsa”, dijo el doctor.

. Andrés no era millonario y sus órganos estaban intactos en el momento del accidente. Siempre anheló una vida sin preocupaciones, llena de asombros y nuevos descubrimientos. Sin embargo, la rutina de su anodina existencia le aplastaba. Sin trabajo desde hacía tanto, sin amigos –ya todos hartos de sufrir sablazos- y sin ese amor que en él se desbordaba se sentía hueco, habitante en el vacío insondable de un pozo profundísimo. Lo había perdido todo en esta insufrible crisis que tanto estaba castigando a los ciudadanos más vulnerables del país. Ya había agotado todas las ayudas, ya no disponía ni de cobertura sanitaria. Se había convertido en nadie, un despojo social, un ser absolutamente prescindible. Y, ante tanto desamparo, un grito mudo pugnaba en su interior, rebelándose contra su asfixiante soledad. ¡Cuánta tristeza acumulada en la invisibilidad impuesta! ¡Qué fría y oscura su cárcel de silencio!  Necesitaba un respiro, subir a la terraza y tomar el aire, mirar al cielo y observar el vuelo reconfortante de los pájaros. Si después subió a la barandilla fue sólo por sentir toda la plenitud del sol sobre su pecho y, aunque dijeran todos lo periódicos lo contrario, posiblemente tropezó. Nunca pudo imaginarse cuánto cambiaría su vida tras la caída. De repente, despertó y vio la mágica mano del doctor sobre otra mano extraña, ahora suya. su corazón latía aceleradamente, aunque estuviese a kilómetros de distancia, y los riñones todavía permanecían helados, a la espera de calor humano de alguien ajeno. Se sintió extraño, como estuviese en varios lugares a la vez y todos los otros se hubieran unido a él en un impulso vital por la existencia. Ahora su vida era compartida y plena de armonía y el amor y la entrega eran premisas fundamentales. Sí, volvió a sentir ese calor que desprende el roce humano y quiso comunicárselo al doctor, pero no le salió la voz. Las insólitas cuerdas vocales no obedecían la orden de su conciencia. Sólo pudo mirarle, con sus córneas doloridas, enternecido y en silencio.


   El doctor le devolvió la mirada con afabilidad y le dijo: “No se esfuerce, le comprendo y sé que es feliz. Ya logramos el milagro, ahora descanse en compañía de su familia, que yo seguiré luchando, sin nos deja este gobierno, para que perviva nuestro departamento y, una y otra vez, existan historias de muerte y vida como la suya.” 

martes, 7 de enero de 2014

UNA HISTORIA DE CRÉDITOS BANCARIOS


   A mi padre no le dejaban en paz. Tampoco a su vecino. Las llamadas telefónicas provenían del mismo banco, pero eran de una índole muy distinta. Las que recibía mi padre estaban llenas de dulzura. La que le transmitía esa voz femenina que lo adulaba, ofreciéndole un crédito de 90.000 euros a un 7% de interés y exento de impuestos los dos primeros años. Las que recibía su vecino eran duras, con voz de hombre aguerrido en mil batallas y sabedor del miedo que producían sus amenazantes palabras. El hijo del vecino de mi padre montó, una década de años atrás, un negocio de distribución y montaje de aire acondicionado y la crisis se cebó con él impunemente. Su casa ya se la quitaron, dejándole únicamente un cofre de madera en el que guarda decenas de impagados pagarés de constructoras. Y, ahora, el banco amenazaba con desahuciar a su padre, quién lo avaló con su piso al montar el negocio. Todos irán a la calle, su familia también, ahora alimentada gracias a la pensión de los abuelos. 40 años llevan siendo vecinos y mi padre le considera un buen amigo.

   Dicen que el grifo del crédito fluye de nuevo. Y debe ser cierto por las llamadas de mi padre. ¿No sé si otros muchos reciben ese tipo de llamadas? Quizás lograse un buen artículo si indagara más en ello. “Ese es el tipo de noticias que elevan el espíritu de la sociedad -suele decir el director de mi periódico. España está necesitada de ilusión y ese tipo de noticias genera esperanza en el futuro”. Claro que el periódico en el que trabajo es provincial y la influencia del partido que gobierna en la Diputación es muy fuerte. Mi padre es un antiguo funcionario, es el encargado de la organización de los eventos deportivos en la provincia y gracias a sus contactos me ofrecieron trabajo al finalizar mi carrera. En fin, tampoco quiero desviarme de ese grifo del que comienza a manar dinero. Según el rumor, muchos altos funcionarios están recibiendo ofertas de créditos, por si quieren invertir en algo: la compra de una segunda vivienda, la renovación de un automóvil, el pago de un masters para sus hijos en alguna universidad privada. Y de este modo pretenden revitalizar la vida económica de nuestro país, incentivar el consumo interior, poner en circulación sus stocks inmobiliarios, relanzar de nuevo la agonizante industria y que volvamos a ser de nuevo el país de Pin y Pon, en el que la felicidad nos vuelva a abordar por las esquinas. ¡Qué maravilla!


   Pero esta mañana desahuciaron al vecino de mi padre. Nada pudieron hacer los ciudadanos frente a la policía judicial. No consiguieron evitar lo que se venía anunciando desde hacía más de un año. Tampoco fueron todos los habitantes del barrio a apoyar a la familia, es un barrio de clase media, en el que la apariencia y las formas públicas de uno mismo importan más que la solidaridad con los vecinos. Mi padre quiso estar en primera fila, pero su salud se lo ha impedido, no son convenientes los sobresaltos para su enfermo corazón. Ahora está mirando por la ventana, viendo cómo los vecinos lloran desconsolados, sentados en la acera de la calle. “Están desconcertados –me dice mi padre, no tienen adónde ir. Le dije a Juan que él y su mujer podían quedarse en casa mientras encontraban un alquiler apropiado, pero me contestó que no, que estaría siempre junto a sus nietos”. Yo estoy sentado en el salón, tratando de calmarle. “Los organismos municipales atenderán a la familia”, le digo, cuando comienza a sonar el teléfono. Levanto el auricular y constato que preguntan por mi padre. Se lo comunico y se acerca hasta mi, aún visiblemente alterado. Se pone el auricular al oído y escucha pacientemente durante unos minutos. Y, de repente, estalla: “Pero es que no tiene usted vergüenza, señorita, como puede ofrecerme la compra del piso de mi vecino con el crédito que desean darme. Ustedes no tienen corazón, son unos cabrones y son los culpables directos del sufrimiento de muchos españoles. Olvídense de mí, por favor, y no vuelvan a llamarme. Ese dinero que les sobra estaría en mejores manos si dispusieran de él los  jóvenes emprendedores y no la carroña abyecta en la que se han convertido todos ustedes”, gritó. Luego colgó el auricular y volvió a la ventana. Pude ver cómo trataba de ocultar las dos lágrimas de rabia que caían por su rostro. Ya no pude decirle nada más. Permanecí en silencio, pensando que la noticia de esa llamada sí era buena para un artículo, aunque no tuviese demasiado sentido escribirlo, pues jamás lo aprobaría la línea editorial de mi periódico. 


Del libro "Historias de la puta crisis"