FANATISMO
Cuando el maestro de ceremonias impuso la venda sobre sus ojos, él exclamó:
-
Ahora sí que veo con claridad, mi señor.
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Ayer, mientras preparaba el cocido de garbanzos del mediodía, me dio por
pensar en si reconocería todavía el sabor del cordero. Hace ya tanto tiempo que
no me puedo permitir comerlo, que no sé si se me habrá olvidado el gustillo de
esa carne. Pero enseguida me dije que en nada le desmerecía el cocido, con su
chorizo y sus judías verdes exquisitas. Antes del infarto, cuando iba de pija
por la vida, corriendo a toda hostia, como un descerebrado, para ganarme la
vida, y resulta que la estaba perdiendo poco a poco en cada carrera
competitiva, en cada lucha denodada, también en cada disgusto y en cada
victoria incontrolada. Ahora, abrazo y beso a mi mujer cuando llega de su
precario trabajo cuidando niños y le sirvo la comida y me siento junto a ella y
paladeo cada judía verde y cada garbanzo como si fueran el manjar más
maravilloso del mundo. Y lo es, no necesito más, soy feliz así. Tal como
abandoné el cordero, abandoné el coche, Algo que siempre me pareció tan
imprescindible, tan necesario para vivir, se convirtió en un engorro tras el
infarto. Con la exigua pensión de 600 euros que me quedó, gastar dinero en
gasolina era una locura y de pronto se abrió ante mis ojos la maravilla de la
luz del sol jugando entre las ramas de los árboles, cada tarde cuando paseo. Ahora
el autobús me lleva a todas partes, llego a los sitios igual que antes, no me
siento aislado y mis actividades, ahora más sanas, eso sí, siguen siendo las
mismas de antes, sin prisas, pausadas, al ritmo que yo me imponga.