jueves, 15 de noviembre de 2012

14N. EL GRAN PRINCIPIO

   Ayer no publiqué ni escribí nada, hice huelga. Al principio se me hizo duro, pero lo soporté. Resulta tedioso para un jubilado tomar tal decisión, ya que significa aburrirse más todavía. Lo rutinario, nada tener que hacer y, encima, negarse la posibilidad de entretenerse con algún pasatiempo, como lo es este de escribir para mí. La mañana estuvo tranquila, incluso en algunos momentos más silenciosa de lo habitual. Los bares de la Gran Vía de mi ciudad estaban cerrados, de modo que no existía el estruendoso ajetreo diario de las cafeterías, el ruido de las sillas arrastradas por el empedrado, las voces estridentes de los empleados al hacer públicas las comandas. El silencio casi era de cripta, aunque el sol se desperezaba con potente plenitud en el cielo. Decidí pasear al perro y al salir por la puerta del edificio recibí una bofetada de temor, en el aire temblaba un mal augurio desde la noche anterior, ya pasadas las doce, cuando los piquetes increparon a gritos a los restaurantes y cafeterías de la  calle que aún no habían cerrado sus puertas. No duró mucho la crispación. En menos de veinte minutos observé la marcha de clientes por la calle y oí los cierres metálicos de los negocios nocturnos. Luego todo se calmó y tuvimos una noche sin sobresaltos.
   Sin embargo el temor apareció de nuevo en la mañana silenciosa de ayer, no en forma de sonido, sino con la concreción física de las imágenes. Vivo en una zona que está rodeada de edificios institucionales, además de estar bastante cerca de la sede del PP y la cantidad de fuerzas de seguridad desplegados por la zona era impresionante. Todos alerta al más mínimo cabello que se ondulara en el aire, como perros al acecho, buscando con la mirada localizar alguna presa.  Miré hacia el otro lado de la calle solitaria y pude ver un grupito de individuos que parecían celebrar aún la noche de Halloween, con sus capuchas negras, sus pasamontañas negros y sus banderas negras y rojas, cargadas de simbolismos sangrientos. Eran los cuatro niñatos de siempre que se autodenominan anarquistas sin haber leído en sus puñeteras vidas más de un par de libros. Uno de Bakunin y el otro, un comic que les regalaron con el Marca. Gritaban “Abajo la democracia, muerte a los políticos” y no se qué de… adónde están esas placas, mientras apuntaban con sus cámaras de video a la policía. Algunos de estos últimos bufaban como toros con los pies clavados al firme y a punto de arrancar. Otros se reían al ser conscientes de la descomunal diferencia de fuerzas entre ambos bandos. Afortunadamente no pasó nada, unos se contuvieron y los otros siguieron caminando y se fueron con el circo a otra parte. Nada reseñable ocurrió el resto de la mañana. El perro hizo sus necesidades y volvimos a casa. A las seis de la tarde había quedado con mis amigos, Ismael y Javier, para acudir a la manifestación y me era necesario descansar, el recorrido iba a ser duro para un enfermo cardíaco como yo y quería terminarlo.
   Hoy, depende de los medios, la huelga fue un éxito o, simplemente, algo llamativa. En mi ciudad –les puedo asegurar- que jamás vimos una manifestación tan repleta de personas. Ni siquiera cuando el equipo de fútbol local ascendió a primera división se agrupó tanta gente en la calle y ya sabemos que es más fácil compartir el éxito que mostrar públicamente la necesidad. Éramos aproximadamente unas 18.000 personas (40.000 según los sindicatos y 7.000 según la subdelegación del gobierno), el 12% del total de la población. La verdad es que me parecieron muchísimos, teniendo en cuenta que con el paso del tiempo va invadiéndome el escepticismo. Sin embargo lo de ayer puede abrir una puerta a la esperanza. El dolor y el sufrimiento se expanden y las recientes muertes provocadas por la crisis nos ha encendido una luz alarmante ante los ojos. Las posibilidades de que mañana te toque a ti son cada día más posibles y el miedo va abandonando el cuerpo, a la vez que se instala la desesperación. Sí, tuve la impresión de que éramos muchos, muchísimos, todos reclamando la defensa de nuestros derechos adquiridos con el esfuerzo de tantos años, todos coreando la defensa de la sanidad pública, de la educación para todos, de la justicia justa y compartida, del derecho a la vivienda, al trabajo, al amor puro sin tachaduras religiosas, el derecho a la vida, a vivir sin ser esclavos. Todos cantábamos lo mismo con una única voz, menos un grupito de individuos que parecían celebrar aún el 18 de julio, con sus brazos en alto, sus calvas y botas militares relucientes y sus estandartes negros y sus banderas rojigualdas, con el águila del Nodo bien centrada como viejo símbolo sangriento. No, no eran los de la mañana, esos ni aparecieron, y menos mal, porque estos eran cabezas rapadas que sólo sabían gritar “Abajo la democracia, muerte a los políticos” y no se qué de… putos CNT. Gilipollas que han visto algún documental nazi en internet sobre las mentiras que se cuentan sobre los campos de concentración, que les ha comido el coco algún fanático fascista con dinero o que la exnovia le puso los cuernos con un negro y por eso defienden lo indefendible. Gilipollas e idiotas redomados ambos grupitos circenses, el matutino y el nocturno, que en vez de ir a la huelga, salen a repartir ostias porque sí, porque están encaprichados con la sangre, la de los otros, claro. Como decía los matutinos no aparecieron por la manifestación y a estos otros la policía los rodeó en una zona en la que no tenían salida, invitándolos a abandonar la inmensa cola. Y con la suya entre las piernas se marcharon, mientras grababan con sus cámaras de video y gritaban no se qué de… adónde están esas placas, con su circo a otra parte. La mayoría de los ciudadanos estaban asombrados, pues no conocían la existencia de estos grupos en la ciudad. Sobre las nueve de la noche llego la marcha a su final, sin incidentes que resaltar, con armonía y respeto mutuo entre los distintos grupos, partidos, sindicatos y plataformas, unidos todos en la consecución de un mismo objetivo: justicia y paz social.
  No sé si la manifestación de ayer logrará cambiar las cosas. Me temo que no, pero se ha abierto una nueva puerta a la esperanza de unidad en quienes no estamos de acuerdo con la gestión del PP al frente del gobierno de nuestro país. Es verdad que, siendo realistas, un 12 % no es nada, pero la deriva decreciente que en los últimos tiempos atravesaba el movimiento 15M, por cierto, totalmente desaparecido como grupo en la manifestación de ayer, ha cambiado. Ayer se demostró que la gente no necesita identificarse con un grupo determinado (partido, sindicato, plataforma, etc…) para mostrar su indignación, que la fuerza de la ciudadanía está en la unidad de los individuos y no en la de grupos ceñidos por tal o cuál ideología o por tales o cuáles estatutos internos constrictores, en muchos casos, de una verdadera democracia. Ayer volvió a iluminarse el cielo en plena noche, mientras coreábamos la misma canción. Sé que aún somos pocos, pero estamos perdiendo el miedo y cada día seremos más los que nos atreveremos a abandonar el refugio y salgamos a mostrar, sin pudor y sin banderas ni símbolos, nuestro dolor e indignación. Lo de ayer tan sólo es el principio. Un gran principio.

martes, 13 de noviembre de 2012

HIPOTECANDO HIPOCRESÍAS

   Estoy tan harto de lo políticamente correcto, tan profundamente decepcionado con la implícita hipocresía en casi todas las acciones de los individuos o colectivos de este país. Deberíamos ser todos mucho más provocativos, sin perder un ápice de respeto y tolerancia hacia los otros. Pero este descafeinado y artero proceder resulta patético, ridículo, esperpéntico. La última está siendo de circo. Sólo ha sido necesario que algunos desesperados hayan tomado una pavorosa decisión en serio para que diese comienzo la función. Antes de que se abriese el telón uno se colgó de la tramoya y otra se lanzó desde la cúpula del teatro, cayendo sobre la platea con un sonido estruendoso, a pesar de silencio abisal de su acción, y reventando su cuerpo, sus huesos, sus frágiles músculos, su piel y esparciendo su sangre sobre los rostros de los espectadores atónitos. ¿Quién podía imaginar un inicio tan dramático? ¡Serán hipócritas! Como si no hubiesen existido señales de alarma antes de tan trágico suceso. Y ahora todos hacen cola en los lavabos ansiosos por borrar de sus rostros la más pequeña y delatora mancha de sangre, toda muestra aparente de inculpación. Pero, ¿les acusará el espejo cuando se miren a los ojos?
   Los primeros en entornar la mirada fueron los jueces. Enarbolaron la bandera humanitaria y proclamaron su defensa de los débiles. Ellos han de aplicar las leyes, pero las leyes se pueden cambiar, reclamaron al poder legislativo, y nuestra ley hipotecaria, señores, ya tiene más de cien años, exclamaron, como si se acabasen de enterar de tal negligencia. La ley actual deja indefensos a los deudores ante las entidades financieras, expusieron sin pudor, olvidándose -¡vaya desliz!- de cuántos poderosos financieros estafadores quedan impunes tras la ejecución de sus sentencias. Pensándolo bien creo que ese paso adelante tiene mucho más que ver con los recortes en los juzgados y el malestar que crece inexorable en la judicatura hacia la soberbia, corrupta e inepta clase política de este país. No obstante, bienvenido sea el posicionamiento, a ver si de ésta surge de una puñetera vez una real y efectiva separación de poderes.
   Los segundos en cubrir sus vergüenzas han sido los políticos. Ellos saben que cuando aparecen los cadáveres el río se enturbia y se disloca y encabrita la corriente de tal manera que será capaz de derribar montañas con el fin de abrirse paso. Ahora nos dicen que ellos no son ajenos al drama social. Todos tenemos un vecino o un familiar en situación dramática, a todos nos toca el corazón, es una situación compleja, pero hablaremos y trataremos de encontrar una solución urgente. Vamos, como si vivieran en el barrio más marginal y pobre de cualquier ciudad y contemplaran la parafernalia de los desahucios de forma cotidiana, ellos, con sus mullidas hipotecas y sus blindados sueldos; y como si no estuvieran la mayoría de sus familiares colocados a dedo en alguna institución o empresa favorecida, cobrando sueldos de la hostia. Ellos se enteran, claro que se enteran, pero la tienen de cemento armado y la soberbia desbordante de sus bolsillos les anula cualquier sentimiento sincero. Son depredadores carnívoros con armarios repletos de disfraces de cándidos rumiantes. No, ellos no pueden dejar que los jueces propongan, no vaya a ser que lo hagan demasiado bien y sus amiguetes, los banqueros, se mosqueen y les corten el grifo de la financiación electoral. Qué poco me fio yo de estos señores de la élite política. Volverán a lo de siempre, recurrir a la buena voluntad de los benditos banqueros. A éstos, mientras sigan rodeados de lujo y ostentación, mientras sigan manteniendo intactos sus privilegios, les importamos un pimiento.
   Y por último, los benditos banqueros. A éstos se les ha helado el alma, si es que la tienen, claro, pero no por el contacto viscoso de la sangre de sus víctimas, esa sangre ya apenas les conmueve, sino por el temor de ver correr la suya. El trending topic de las pintadas sobre fachadas ha sido este fin de semana “BANQUEROS ASESINOS”, sobre todo en el País Vasco, la tierra de la última condenada a suicididarse. Las roturas de cristales, la quema de cajeros, la ira incontenible de un pueblo humillado que ya ha llegado al límite de lo soportable y se levanta furioso contra el torturador. No importaría si todo fuese como hasta ahora, con torturas individuales en el secretismo de un despacho, pero a campo abierto y con la masa unida más vale retroceder, no vaya a ser que nos derriben el palacio, dirán en sus cenáculos secretos, y puestos a dar este obligado paso, hagámoslo con celeridad, mostrando comprensiva benevolencia e indicado el camino a seguir a esos tontos que creen compartir con nosotros el poder. Empecemos con una moratoria de dos años por conceptos confusamente ambiguos y fáciles de defender en los tribunales. Y, con el tiempo, todo volverá a su cauce, los jueces con sus informaciones privilegiadas sobre el mercado de las subastas inmobiliarias y los políticos con su ambición desmedida y su necesidad de financiación para lograr sus objetivos.
   Pero todos ellos han de saber que llegará el día en que se miren al espejo y no puedan soportarse la mirada. Que ese día sus hijos se avergonzarán de ellos porque oirán los gritos de los muertos cada vez que nombren a sus padres y sentirán una extraña viscosidad sobre su piel, una viscosidad húmeda, pegajosa y caliente, como una babosa pútrida. La sangre vertida por los genocidas siempre acaba anegando las vidas de sus vástagos, la historia de su estirpe. Todo esto ocurrirá cuando finalice esta obra de teatro y la vida real se imponga, con la cruda realidad de la venganza. Ojalá me equivoque, pero es que estas alturas ya me parece irremediable. Ya es insostenible este edificio construido a base de vigas de hipocresía, columnas de máscaras  que pretenden ocultar tanto egocentrismo y cimientos de falsedades tan políticamente correctas. Ya ese olor a muerte tan cercano será imposible de mitigar. Ya es imposible borrar su rastro inculpatorio.

lunes, 12 de noviembre de 2012

O PAGAS, O TE MATAS

   Guillermo tuvo un accidente de tráfico que lo dejó en coma en la UCI de un hospital hace cuatro años. Ayer despertó y… para sorpresa de los médicos, tenía los sentidos intactos y físicamente estaba como si no le hubiera ocurrido nada. Lo pasaron a “planta” en una silla de ruedas, en la que tuvieron que sentarlo a la fuerza porque el enfermo quería ir andando. Por la tarde ocurrió lo propio; la habitación se llenó de conocidos que deseaban dar un abrazo al amigo que hacía tiempo daban por muerto. Guillermo comprobó en el espejo que su aspecto no había cambiado, sin embargo, cuando llegaron sus allegados notó cierta extrañeza en sus ojos, una suerte de tristeza que no acertó a comprender. Pasada la hora de visita decidió darse una vuelta por los pasillos y entró en una sala de usos múltiples en donde encontró el periódico del día. Empezó a leer las noticias y de golpe se vio trasladado a otro mundo. Cataluña quería independizarse de España. El gobierno del Estado no estaba en Madrid, allí estaban sus representantes, la sede del gobierno estaba ahora en Alemania. Habían retrasado la edad de jubilación a los 67 años, recortado los sueldos, eliminada la paga de Navidad, subido el paro hasta seis millones de personas, eliminadas las becas de formación, inyectado miles de millones a los bancos mientras las familias no tenían qué comer, subido el IVA al 21%, el IRPF a no sé cuánto, descartadas las deducciones por adquisición de vivienda, rebajadas las prestaciones por desempleo, privatizados los hospitales, amenazada la enseñanza pública… incluso, muchas personas, desesperadas, se tiraban por el balcón de sus casas estrellándose contra el suelo, por no poder resistir el impacto de que las desahuciaran… En fin, un montón de barbaridades que lo trastornaron por completo. Camino de su cuarto preguntó a otro paciente si el hospital en que estaban era público o privado. ¡Privado, claro! -le contestaron-. Comprendió entonces la angustia instalada en las pupilas de quienes le visitaron; parecían decir: ¿por qué te has despertado, Guillermo? Haberte muerto ¡hombre! Te han cuidado porque sabían que tenías rentas. Ahora te quedarás sin nada. Sólo tienes dos opciones: O pagas, o te matas.

Cuento del escritor, y amigo en la distancia, Paco Huelva.

domingo, 11 de noviembre de 2012

CURIOSO LABORATORIO MORTAL

   Es curioso. Antes, cuando la economía fluía caudalosa en casa, me jactaba de nunca ver la televisión en los círculos intelectuales de mi pequeño universo. Y, sin embargo ahora, no tengo reparos en confesaros abiertamente que observo, a veces durante horas, la caja tonta. Qué otra cosa podemos hacer aquellos que vivimos con una economía tan raquítica que ya nos es imposible poder adquirir libros, ir al cine o salir a tomar unos vinos y unos pinchos con los amigos. Ahora mi universo intelectual ha quedado reducido a los programas de debate político y social en las distintas cadenas de televisión. Con tantas relecturas y con los precios desorbitados de la copas en los bares de la bohemia de mi ciudad, ya no es posible alternativa.

   Es curioso. Siempre creí estar convencido de que las más grandes y estúpidas pasiones, que la excelencia del ser humano, así como su honda bajeza en otros casos, herviría por la esquinas de las calles de las urbes, que en cada metro cuadrado de asfalto y de intemperie convivían infierno y paraíso. Y, ahora, las avenidas parecen ángeles desolados y sin alas, esbozos difuminados en un tiempo de profunda tristeza, la sombra infinita de la nada. En cambio, en la pantalla bullen a la par la vanidad y la modestia, el altruismo y la codicia, la abyección y el carisma, la pose y la sonrisa verdadera, la podredumbre moral y el rebajado precio de la dignidad humana, la crueldad gratuita y los buenos gestos, claramente insuficientes.

   Es curioso. Siempre estuve convencido de la definición de la palabra periodista: investigador de la verdad, comunicador objetivo, revelador de secretos ocultos al pueblo por parte de los grupos de poder, denunciante de la corrupción, agitador sísmico de conciencias, ser humano quijotesco defensor de entuertos y de las víctimas de las injusticias. Y, ahora, resulta que en este país ya no existen periódicos, ni televisiones, ni editoriales, ni cadenas radiofónicas, ni por supuesto periodistas. Ahora sólo existen empresas lucrativas de grupos ideológicos o partidistas en los que sus asalariados (comprados chupapollas) se dedican a tergiversar, manipular, falsear e inventar noticias sobre la marcha, improvisando, sin preocuparse siquiera de lograr una estructura fiable para el cuento, con tal de que a sus jefes les guste y les sigan financiando su hipoteca. Ahora la vida da asco en los medios de comunicación, pero no por lo que cuentan, sino por la bajeza miserable de los contadores. Ayer, en el debate de Telecinco una periodista a la que el PP debe haberle puesto más de un piso no dudó en resucitar a los muertos del incendio de Castilla-La Mancha y a los muertos del atentado de la T4, tantos años después, comparando la gestión política del PSOE en tales casos con la descaradamente negligente actuación de Ana Botella y su equipo de gobierno en los sucesos del Madrid Arena. ¡Cómo se puede ser tan miserable, tan servil y repugnante! Argumentaba la individua que no fue mejor en aquellos casos la gestión y que, por tanto, la petición de dimisión de la alcaldesa era una muestra de hipocresía más de la izquierda de este país. Ya les da igual todo, han vendido su dignidad por cuatro céntimos de euro y están dispuestos a caer tan bajo como fuera necesario. Ya hasta los muertos forman parte de su ambicioso juego de poder y riqueza. Ya no respetan ni el dolor terrible de una madre que aún siente el calor frente al cadáver de su hija. Como dice un buen amigo, ya no les queda ni una pizquita de vergüenza.

   Es curioso como cambian los tiempos y los valores que le otorgan consistencia o vaciedad. Y los tiempos actuales no son más que un inmenso agujero de no materia en el que todo se difumina en una confusa concepción de los límites y que hacen imposible conocer las verdades más elementales, salvo que la muerte no aporta ninguna solución al enigma de la vida. No somos más que cobayas encerradas en un laboratorio repleto de huecas ilusiones y mentiras, en el que experimentan sobre nuestra muerte intelectual.
      

sábado, 10 de noviembre de 2012

LA OTRA CARA DE LOS SUICIDIOS

   Llevo dos días leyendo mensajes de ira e indignación sobre el suicidio de  Amaya Egaña en Barakaldo, cuando los agentes judiciales estaban a punto de derribar la puerta de su vivienda con la orden de desahucio. Y si bien es cierto que la mayoría de los españoles vivimos en una situación humillante y vergonzosa, mientras en los pasillos del poder, ilustres banqueros genocidas y sicarios políticos, diseñan la muerte de los ciudadanos más vulnerables. También es cierto, señores, que este suicidio es diferente, aunque no excepcional. Con unas particularidades que muestran a una sociedad enferma, la española, y que me induce a preguntarme si nuestro modelo de vida, en general, no está profundamente errado.

   Amaya y su familia iban a ser desahuciados por una deuda de 214.000 euros del piso adquirido en 2006. ¿Por qué?, me pregunto. Ella trabajaba desde hacía 30 años en la empresa municipal de autobuses, Bizkaibus, y en el momento de su suicidio era la jefa de recursos humanos de la empresa. Hija de dirigente histórico socialista en Eibar, pertenecía a este partido político e, incluso, llegó a ocupar una concejalía del ayuntamiento de Eibar en los años ochenta. Su marido fue concejal de seguridad ciudadana por el mismo partido desde 1995 a 2003 en Barakaldo y desde entonces ha trabajado en distintas empresas como jefe de seguridad. De hecho, en el momento en el que Amaya se lanzó desde el balcón, su marido estaba trabajando, absolutamente ajeno a la deuda familiar con su banco hipotecario, según ha declarado él mismo. Lo que trato de decir con todo esto es que este no es precisamente un caso de precariedad económica. En la casa entraban dos sueldos más que aceptables. Aparentemente era una familia con una solvente situación económica que se relacionaban con amigos, vecinos y compañeros de la manera más normal para una familia de clase media acomodada. Entonces, ¿por qué contrajo Amaya dicha deuda con el banco?, ¿por qué ocultó a todos, incluyendo a su marido  y a su hijo, la verdadera situación económica familiar?, ¿por qué decidió suicidarse en vez de sincerarse con su familia?

   El drama de los crecientes suicidios en España tiene diversas aristas y deberíamos estudiarlas todas. La actuación de los bancos es abusiva e inhumana. No es concebible que la codicia y usura de los abyectos banqueros, les esté llevando a acumular centenares de miles de inmuebles vacios que se acaban llenando de cucarachas y que, en muchas ocasiones crean agujeros imposibles de cubrir en las finanzas de muchas comunidades vecinales, mientras más de medio millón de seres humanos vagan perdidos por el asfalto de las ciudades sin el techo protector que les han arrebatado. No ha sido ética la omisión del gobierno ante la indefensión de los más desprotegidos, no. Ha sido asesinato premeditado, así de claro. Ellos no colocaron la soga en el cuello del librero de Granada, ni la silla junto a la barandilla del balcón en Barakaldo, pero se han quedado mirando sin hacer nada, mientras degustaban buenos puros habanos ofrecidos por sus compinches, los banqueros. Pero también tendremos que pararnos a pensar en el por qué de la no aceptación del fracaso social en los individuos. Porque, desde mi punto de vista, esta es la razón que llevó a la defenestrada Amaya a tomar una decisión tan terrible.

   Cuando una persona se niega a aceptar su realidad económica y sigue tratando de mostrar públicamente un nivel imposible de asumir, esa persona tiene un problema grave. Y si, tanto en el caso granadino como en el de Amaya, esa persona decide mantener en secreto absoluto su problema, no comunicar a nadie su desazón, su lógico desasosiego interior, el problema anímico se agrava y puede tener como desesperado resultado la huída visceral, el suicidio. Qué cosa más absurda, quitarse la vida por dinero, pensaréis muchos, pero nadie sabe realmente qué se siente hasta que te llega el momento. Y sinceramente creo que nadie sabe con certeza cuál será su atroz decisión. Hemos perdido la capacidad de empatía, nuestra dirigida educación competitiva nos ha llevado a ser incapaces de ponernos en el lugar del otro. Vivimos en una sociedad enferma, en la que uno sólo se siente realizado a través de la admiración ajena y esta admiración se consigue a través de la posesión de objetos (el traje más chic, el coche más potente, la vivienda soñada, etc…), la proyección social más envidiada (acudir públicamente a buenos restaurantes, asistir a fiestas exclusivas, etc…), la sonrisa ficticia en el espejo brumoso de la ilusión. Y los pies levitan sobre la resaca de las olas, hasta podrías volar si lo desearas, para no caer, porque caer significa la muerte, el olvido, la exclusión. Llegado el momento en el que el veneno del buen vivir sedimenta tus venas, como ocurre con las drogas, se hace necesario aumentar la dosis, hasta el límite de la desesperación o la locura.

   Los sociólogos y psicólogos de este país ya deberían estudiar este fenómeno, cada vez más común en nuestra España. El equivocado concepto de fracaso económico y social de esta errada civilización puede significar también un nuevo nacimiento. La rosa, bella y perfecta, puede surgir de un montículo de estiércol. En cambio, no ser capaces de aceptar un nuevo rol será elegir la muerte, significará optar por el ocaso de nuestra civilización, acabar con toda posibilidad de esperanza, renegar de la existencia del amor.

miércoles, 7 de noviembre de 2012

ERICA ANDEVALENSIS

Erica andevalensis, flor autóctona de la cuenca minera de Huelva


   Y ahora, a la madurez, me siento como una flor que, por gracia de la primavera, quieren segar y marchitar…
 Esto es una jungla, todos lo sabemos. Si no has nacido en abundancia pronto tendrás que despertar, echar los dientes, las garras afiladas y subirte al ring de la supervivencia. Algunos tardamos más en aprender las reglas arbitrarias del juego y, anclándonos en conceptos carentes de peso legal, tales como la ética y la dignidad humanas, tropezamos ante muros tan resistentes como despiadados. Pero a pesar de ser jodidos, supimos levantar el rostro y mirar al cielo con orgullo. Sobrellevamos, con amor propio, los estigmas y cicatrices con las que nos marcaron y seguimos caminando erguidos hacia adelante, con la lección aprendida, aunque jamás dispuestos a claudicar. Simplemente nos adaptamos al entorno, nos mimetizamos, como el insecto que logra confundirse con el paraje que lo envuelve, mutándose invisible ante posibles depredadores.
   Pues sí, como una flor me siento, como una flor en peligro de extinción…

Cuenca minera del río Tinto

   Lo malo son los escombros. Cada puñalada injusta que te da la vida tu edificio anímico se quiebra y el movimiento sísmico te violenta el alma. Y, sí, con el tiempo pasa todo y uno recapacita y piensa que no es sano vivir cargado con tanto odio y perdona, logra perdonar, con dolor y angustia, pero logra comprender que la vida es muy corta, demasiado corta para anegarla de venganza en vez de amor. Entonces uno, cualquiera de nosotros, se levanta aferrándose al amor del compañero o compañera, de los padres, de los hijos, de un amigo o del perro, ¡qué más da! La cuestión es darle sentido a la vida, encontrar una razón bendita para esta cruel existencia, sentir que somos necesarios para alguien, para algo. Lo malo son los escombros que quedan a tu alrededor tras cada terremoto. La montaña de ceniza que va rodeando tus pies y crece tanto, tanto, que ya apenas vislumbras el horizonte.
   Soy la flor marchita de las montañas de cenizas de pirita, la que, en las escombreras de la cuenca minera de Tharsis, alza el rostro buscando el sol y le repica su campaña violeta. Soy la flor de la inmundicia. Producto bello y efímero de la contaminación y el desarrollo. Soy un cartel publicitario en medio de una tierra socavada por terribles heridas…

La Erica andevalensis sólo crece entre los escombros de
 la ceniza de la pirita y está en peligro de extinción.

   Y los años pasan y toreas como puedes los cuernos de la vida. La muerte de seres queridos, las humillaciones laborales, las injusticias sociales, la codicia de los superhombres del progreso, el sufrimiento expandiéndose en los ojos temblorosos del mundo…Y llega el momento en que las alas se atrofian y ya no podemos volar, que incluso pensar en ello ya nos cansa. Y decidimos conformarnos con lo que tenemos, lo justo para sobrevivir, mientras puedas mirar al mar desde la atalaya de escombros y cenizas que te mantiene preso de una historia que, en realidad, nunca fue tu historia. Escamas que soltamos como cualquier reptil tras el obligado letargo y que parimos con el dolor de una madre que da a luz a quintillizos. Mas nada importa ya. Ya tan sólo deseamos serenidad, vivir lo que nos queda en paz. Morir, sosegadamente, en la plenitud de la catarsis.
  Sí, soy la flor única de mi roja tierra. Soy la erica andevalensis, la flor surgida de la civilización, el progreso y su contaminación. Mi cuna es un basurero y aunque mi sangre es de azufre por la crudeza del paraje lunar que me rodea, en mi corazón palpita el cobre y el hierro como una célula viva que, trémula, ansía la brisa del mar y los vientos bohemios del siroco. Soy hija de una mina que enriqueció a muchos, pero que ahora yace abandonada porque ya es improductiva. Y por eso, en nombre de la ecología lucrativa y estética, limpiarán de escombros esta tierra, la allanarán con sedimentos fértiles y cultivarán bellísimas rosas uniformadas, todas de proporciones, color y silencio exactamente iguales.
    Nosotros, los supervivientes en la inmundicia, estamos condenados a la extinción.


martes, 6 de noviembre de 2012

EL VOLCÁN DE LOS DESAHUCIOS

   Mañana volverá a levantarse otro hombre o mujer con ese aire como de calcetines rotos en los ojos. Otro hombre o mujer que son los mismos, aunque tengan rostros y nombres diferentes y, hasta ahora, hayan pertenecido a una clase social distinta. Arrastrará la mirada como un lento gusano por el terrazo de su piso y cerrará los puños, en un amago de rebeldía imposible. Ha llegado el día señalado en la carta enviada desde el juzgado, sabe que el tiempo se acaba. Menos para los niños, para ellos no existe el tiempo. Sus hijos de pocos años, posiblemente, estén jugando a indios y banqueros. De indio, claro está, hará el pequeño.  Y el banquero mayor, el real, esta vez no vendrá a caballo, vendrá escoltado por soldados mercenarios, cuyo estipendio pagamos todos. Todo es producto de nuestras propias decisiones, sí. Y así nos va, el panteón de nuestros dioses no es más que una galería de espejos deformados.

   Dicen que ya 500 familias son desahuciadas diariamente en España. Si ponemos de media un hijo por familia, 1.500 personas son exiliadas del sistema social (¿y democrático?) y arrojadas a la gélida frialdad de los adoquines. 45000 seres humanos son condenados cada mes a la marginación y a la esclavitud por las deudas aún contraídas con el banco. 540.000 al año. En la actualidad ya son 2.000.000 los desahuciados que deambulan perdidos entre el reino de la desesperación y la república de la angustia. Y sigue sin haber voluntad política en nuestros gobernantes para cortar ésta hemorragia. Deben tanto, tanto a los banqueros y les temen tanto, tanto, que no ven el polvorín que están gestando. Al ritmo de aciertos que lleva este gobierno, la economía entrará en mayor recesión, el paro no dejará de aumentar, no se recaudará porque sólo se trata de recaudar a quien no tiene y entre el gasto suntuoso de las particulares fiestas de los políticos y el aumento de las prestaciones de desempleo, nos despeñaremos.

   Mientras tanto, los banqueros siguen acaparando los bienes, el dinero de sus clientes y de los que no lo son también, a través de los rescates; los pisos vacíos que han embargado, que les vienen muy bien para falsear los balances con sus precios inflados (más dinero en el balance final, más reparto de dividendos para los directivos); los bonos bursátiles por los contratos de esclavitud de por vida de todos aquellos que cayeron en sus trampas. Todo, todito bien empaquetado y enviado sin huella, ni rastro, a sus paraísos fiscales.

   Pero ¿qué se pretende con todo esto? ¿Acaso ya tienen decidido el comienzo de una nueva guerra, cuyo resultado preveen que sea la eliminación de los sobrantes, es decir, de nosotros? Porque yo la solución no la veo tan compleja:
1º.- Aprobar definitivamente la dación en pago. Que nadie quede con deudas si le embargan el piso.
2º- Obligar por ley a los bancos a aceptar la tasación de los inmuebles por expertos funcionarios del Estado, estableciendo el valor real actual.
3º- A cambio de los rescates entregados a los bancos, éstos avalarían dichas cantidades con los inmuebles de su propiedad, tras la ejecución de los embargos.
4º- Dichos inmuebles quedarían bajo la gestión del Estado, que los alquilaría, con rentas adecuadas, a las familias desahuciadas y a personas en riesgo de exclusión social.
 5º- Todo esto tendría vigencia durante el tiempo que los bancos tardaran en devolver el dinero prestado por el Estado para el rescate bancario. Luego los inmuebles entregados como garantía de la devolución del préstamo tendrían que volver a sus propietarios, los bancos, pero éstos tendrían que registrarlos y pagar por ello los impuestos correspondientes al Estado.

   Con estas medidas el Estado saldría beneficiado económicamente al cabo de un tiempo. Tendría beneficios el Estado y no los bancos, tal y como está ocurriendo ahora y, además, se mitigaría mucho sufrimiento a gran parte de los españoles. Pero no, ni lo piensan. Es tan evidente lo que pretenden. Quieren que estalle el volcán.